¿QUIÉN DIRÍA? (Playlist: Arjona)
Cuando una tonta Coneja como yo, pensaba que se comía el mundo de un bocado, ‘que llega y que entra’ un Conejito que de irreverente lo tiene todo. Que se cree que lo puede todo nomás por aquello de conocerme desde que ni siquiera tenía orejitas y colita de peluche. Y si que lo puede. Uno que me gritó en mi cara la tonta, superficial y vacía que estaba siendo. Uno que me recordó que las cosas verdaderamente importantes no están en el Facebook. Uno que a cada palabra no hacía más que arrebatarme un lagrimón silencioso y darme un golpe seco y aturdidor en la sien.
Y ahora, con las orejitas gachas, intento retomar el camino allá, allá donde me había quedado.
Se eu quiser falar com Deus (playlist: Cesar Camargo & Pedro Mariano)
Tendría que estar tonta, loca o mariguana para no creer que algo bueno está por pasar. Y es que, desde aquí, sentadita con los pies metidos en la arena, escuchando el reventar de las olas y con la piel llena de sal, el mundo parece más bueno, más grande y más amable de lo que solía pensar.
Si la llamamos por nombre, ésta sería una playa cualquiera… es más, hasta banal, común, frívola… pero estando aquí, es la playa más silenciosa jamás vista. una lengua larga de arena sin huellas y nadie, nadie en los alrededores (buenas nuevas para mi celibato recién estrenado). el sol pega derechito sobre el agua convertida en espuma. y el tiempo le sale sobrando a los nativos (en cambio esta Coneja que llegó ayer, tiene que mirar el reloj para partir mañana).
Y yo, como dirían mis nuevos amigos Pedro y Cesar, estoy dispuesta a andar el camino que al final no me va a dar nada, nada de lo que yo pensaba encontrar.
MI PEOR ERROR (Playlist: La 5a. estación)
—¿Cuál ha sido tu peor error? me preguntó.
Digo yo. ¿Qué no somos las mujeres las que preguntamos esas cosas incómodas después del empiernamiento?. Pues no. Ahora fue el susodicho, cuando aún estabamos relajaditos con una gran gran pantalla enfrente, un gran gran jacuzzi, aceititos varios y unas grandes, grandes ganas de quedarnos abrazaditos. Chale, no había remedio: tenía que contestar.
Lo pensé 3 segundos exactos y dije sin chistar:
—El de Houston.
Pasaron varios minutos en silencio, una ligera tensión se sentía en el aire y cuando creía que había pasado en calma el momento delicado, preguntó asi como no queriendo la cosa:
—¿Aún lo extrañas?
Ahí sí me rendí. No pude más. Estaba yo tomando aire para respirar muy dueña de la situación cuando, como tormenta tropical, los ojos se me inundaron. No, no pensé. No ahora. Pero por más que pestañeé rapidísimo mientras recordaba mis ejercicios de respiración zen, tremendos lagrimones se me escaparon al momento y rompí en llanto, cual chiquilla a la que le acaban de arrebatar su juguete preferido. Esto ha sido llorar en serio. No pude decir nada. Uhquela, pensé. Sólo eso me faltaba para romper el encanto. No sé cuánto tiempo me perdí entre sollozos de eso que te salen directito de la boca del estómago. Esos que te saltan por detrás y se te cuelgan del cuello y no se bajan por más que te sacudes.
Él no hacía más que acariciarme el pelo y pedir disculpas. Y yo, con el estúpido nudo atravesado en la garganta que no lograba explicarle. Seguro porque ni yo sabía lo que estaba pasando. Seguro pensaría que estoy loca (y bueno sí, un poco).
Claro que no, quería decirle. Obvio no lo extraño. Obvio el asunto acabó hace meses. Obvio lo tengo superadísimo. Obvio… que aún me duele. Obvio… obvio.. obvio un carajo.
El resto fue poco menos desastroso: creo que hasta me sentí aliviada. Era lo único que me faltaba. Hablarlo con él y llorar fuerte y con ruido, con los ojos rebosados de lágrimas, con la nariz escurriendo, mojando los cojines. Y yo que no quería reconocerlo: sí, punto, lo de Houston fue el más grande error de mi vida. Y ese, vamos —historias van, historias vienen— me lo llevo en la conciencia. Y hoy, vamos —historias vienen, historias van— estamos en un nuevo punto de partida.
Ilustraciones: Maitena
VUELA, VUELA (Playlist: Magneto)
Y sí, la Conejita voló.
Tomó el avión, se fue de viaje, enterró viejas tristezas, desenterró nuevas esperanzas y ya luego contaré con detalle hartas historias que me traje en la maleta: del Conejito Vagabundo pero también de Conejitos Varios. Nomás recuérdenme de los Conejitos Asustadizos.. ¡cuatro en menos de un mes!, los Conejillos Indecisos, el Conejillo Hotelero, la reaparición de Mr. Peruvian Bunny y de otros del estilo y hasta por ahí unos Conejillos Juveniles y quién más tenga, que más le ponga.
Mientras tanto, así como iba aterrizando el avión a esta Conejita se le bajonearon las orejas. Estaba sentadita, mirando por la ventanilla, cuando el recuerdo como siempre traicionero me saltó por la espalda. El frío del aire acondicionado, el cinturón de seguridad en el ombligo, las nubes acolchonaditas a la altura de la nariz… No pude recordar las palabras exactas, pero era como si estuviera sucediendo. La mismita sensación atrapada a la altura del esternón, como si faltara el aire. Esa que sentí, hace unos cuantos siglos —que en realidad, el calendario cuenta como unos cuántos meses—. No bien estabamos volviendo de nuestro triunfal viaje como una pareja recién estrenadita cuando supe que todo había terminado. Como si el piloto hubiera anunciado por el altavoz que el avión estaba a punto de caer. Moví la cabeza.
«Esto es —me dije— culpa del pre-cumple»
Bajé del avión dejando al recuerdo metidito debajo de la almohada y tirado en el suelo alfombrado. Al caminar por las escalerillas supliqué que no volviera nunca. Que este fuera el cierre blindado de uno de esos ciclos en los que tanto me gusta ciclarme. Que esos dos lagrimones que me estaban escurriendo por las mejillas fueran los últimos de esta temporada. Que —¡bendito!— el que está por llegar fuera el más grande de los grandes Conejillos que la vida me ha puesto en el camino.
Ahora, metida en la cama, cuento los minutos. Faltan 52 exactos para que se acabe el último día, del último año de mis últimos 32 años. Sólo me queda decirme: ¡Feliz cumple, Bridget Jo!
Ilustraciones: Arthur de Pins
ME ACORDARÉ DE TÍ Playlist: Mijares)
Tuve dos minutos de flaqueza. De esa flaqueza tonta que te ataca por la espalda y no da tiempo de reaccionar con la cabeza. De esa que te hace ponerte de pechito y sin siquiera meter las patitas. Pero vamos, pasa.
Y es que, no sé cómo, de pronto estaban en mi cabeza —al estilo de me muero por besarte, dormirme en tu boca, me muero por decirte que el mundo se equivoca y shalala de la quinta y españoleta estación—. Sí, sí. Los recuerdos se me agolparon entre panza y corazón. Como suele suceder, salieron disparados por la boca sin tocar siquiera la cabeza. Joder. Muerta, resulté
Ahí estaba la conejita, con el pelito mojadito, los ojitos tristes y las antenitas caídas abriendo la cajita de Pandora (la mitológica y hasta la de las tres retros-ochenteras): estaban acomodados por fecha el primer beso bajo la lluvia, el despertar sin saber siquiera el apellido, los mensajes encriptados, los pretextos para robarnos dos horas al día, le siguieron la entrega (en primicia) de las llaves de algo más que un departamento, las risas bajo la ducha, aquella cena de carne y vino, la libertad aprendida de la caída, el espacio infinitamente pequeño entre piel y piel. Y sí, el respiro compartido. En orden cronológico abundan los empiernamientos de mañana, tarde, moda y noche. Y no, por más que no quería abrirlo, llegó el turno del paraíso tocado con la punta de los dedos.
Ahí estaba yo recuerde que recuerde, haciendo abuso de mi yo más sentimental cuando ¡pum! me topé de frente con ese muro racional que me desquicia.
«No debe ser» se oyó lejitos pero claro.
Y pocas veces como hoy odié el verbo deber con su fiel acompañante el ser. ¿De verdad no debo? ¿no debo ser? ¿no “debe” ser? ¿a cuenta de quién o de qué? insistí en preguntarme.
Lentamente cerré la cajita. Nada fácil resultó eso de meter cantidad de recuerditos varios: calores sofocantes entre el ombligo y la ingle, escalofríos por la espalda, humores y sabores de diossabedónde, colores que se pintan a ojos cerrados. Apretados todos. Parecía que no había manera de hacerlos entrar en el espacio reducido que conforman trescientos treinta y tantos días.
Esta vez, sin lagrimitas en los ojos, puse la tapa y amarré el listón rematando con tremendo moño cursilón. Con gran cuidado la puse en el buró, cerquita de la cama. Ahí donde habitaba Manolo, mi pececito de cabecera. Sin dejar de mirarla, me metí bajo las sábanas y cerré los ojos.
Mañana —pensé— llegará la hora de tirarla a la basura.
Ilustraciones: Jordi Labanda
ABUELITA DIME TÚ (Playlist: Heidi)
Pocas certezas tengo en la vida. Una de ellas, es la de los domingos en su casa. Está ahí, sentada. Al acercarme reconozco ese olor característico: Trèsor. Desde hace años, todos. Desde hace una vida. Casi siempre me siento a su lado y meto la cabeza cerquita de su cuello. Entonces me toca la cara y da dos o tres palmaditas en mi mejilla. Siento el frio contacto de sus anillos.
Tengo como ella, un lunar en la barbilla y la vieja costumbre de tener un refrán para cada situación. También llevo a cuestas una variación de su nombre. Y aprendí, de ella, a conservar obsesivamente las uñas pintadas y soltar un ¡carajo! como agua que va.
Durante todo este tiempo, sólo reconozco mi hogar al abrir una puerta y escuchar campanillas. Sólo tumbada en el sillón del despacho miro, sin culpa alguna, las telenovelas de la tarde.
Hace unos meses, sin embargo, la vida cambió: hay menos refranes y más rezos, menos risas y más murmullos a su paso. Hace unos semanas, que ya parecen siglos, todos nos miramos a los ojos, parpadeando velozmente para que no se nos cristalicen.
Hace sólo unos días, me senté a su lado con unos cubos de colores y jugamos a hacer edificios, un pato y una vela. Y mientras yo hablaba compulsivamente, haciéndome creer que este era un juego de adultos y no de viejos a los que tratas como niños, ella no dijo nada. Armó pacientemente la última pieza y me la entregó en la mano, como aliviada de cumplir con mi tremenda estupidez. Sonrió y se levantó dejándome con toda la tristeza a cuestas. Con la certeza, de ella y mía, de que me queda menos tiempo. A mí y no a ella. Poco, muy poco tiempo para darle los besos que todavía tengo guardados. Para preparame a una vida que no concibo sin olor. Para que empiece a acumular las lágrimas que no me alcanzará la vida para llorar completas.