ACASO ERES TÚ.. O TÚ.. O TÚ (Playlista: Alicia Villarreal)

—¿Cómo lo quieres? dijo Bill Conejito Gates.
—Que quiera, contesté muy segura. Esta Conejita está cansada de los tÃpicos conejitos indecisos, atormentados, temerosos y con issues imposibles de resolver.
Y ahà te voy embarcadÃsima en mi primer blind date oficial. Los generales fueron eso, muuuuy generales: 49 años, puestazo, culto, divertido, divorciado, fuma.
De todo esto, sólo logré deducir que guapo, guapo no era (de lo contrario hubiera estado en primer lugar de los generales!). Todo lo demás no sonaba nada mal.
La gran cita fue el sábado. Pasamos por tà a las 8 dijo Bill Conejito Gates, entendiendo en el pasamos a su nueva Conejita. Me preparé como las grandes: taconazo, jeans ajustados, blusita de seda, depilación rigurosa —porque una nunca sabe—, perfume sutil. Ni un pelo fuera de su lugar. El destino: la Hacienda de los Morales.
—Oh, oh, pensé. La Hacienda de los Morales me recordaba alguna cita de trabajo con El Editor.. o con ¡mi familia!
Y tal cual. Al llegar lo vÃ. De negro de arriba a abajo (tÃpico truco para no desentonar), sentado en una de las mesas centrales.
—No, no, noooo. ¡Demonios! me dije— Esto no me puede estar pasando a mÃ… El Conejito Alto Puesto era un ¡señor! sÃ. punto. asÃ: un señor en toda la extensión de la palabra. Y yo, joder, no quiero un señor. Le faltaba.. digamos.. “onda”. Eso que no tiene que ver con la edad, el puesto o la jerarquÃa. Es simple ondita —como esa que le notamos a 2T Rabbit inmediatamente— y por si fuera poco, el susodicho no igual, era i-den-ti-co al esposo de mi hermana.. a ¡mi cuñado! (sobra decir que eso no es precisamente galanura).
Tragué saliva y saludé muy sonriente. La moral se me fue al suelo. Joder. ¿Quién me hizo pensar que en esta noche iba a encontrar a mi conejito ideal?
La cena transcurrió tal y como se pronosticaba: gusanos de maguey, buen vino y música de piano al fondo. Ideal para mi mamá. A esto, le estaba faltando onda. Y eso fue lo que intenté ponerle con la brillante idea de irnos de antro.
Fatal.
—¿Te irÃas conmigo al antro? preguntó. Mientras aparecÃa en el valet un auto, de esos que van al ras del suelo, decapotable y con miles de botoncitos en el tablero que hizo voltear babeantes a los del valet.
—Perfecto, me dije. Ahora pensarán que salgo con “mi jefe” por su dinero. Joder.
Me subà al auto del que por supuesto, nunca logré descifrar la marca —ni el logotipo siquiera—, saqué todo mi repertorio de temas interesantes y llegué despampanante al antro de moda. Justo aquel en el que ese sábado habÃan decidido todos los pubertos patealoncheras que era buena idea reventar. La diferencia y la incomodidad se notaba a leguas. Y yo estaba a punto de llorar.
Sobre todo, ante la atención constante del Conejito Alto Puesto que para esa hora, todavÃa no se habÃa dado cuenta de que no era mi tipo. Ahora empiezo a creer en eso que todos me dijeron en la reunión en casa de la Conejita JudÃa y Soltera: “les haces creer que te interesan y luego no sabes cómo quitártelos de encima”.
Y yo con mi corazón de pollo, por supuesto no cambié la historia en esta ocasión. En la puerta de mi casa y tras el beso de despedida dijo justo lo que no querÃa oir:
—Me encantarÃa volver a verte… te puedo llamar?
El aliento se me detuvo y supe que en ese momento debÃa decir aquello que preparé durante toda la noche: no - notienecaso - noerestú - noesnecesario - novaafuncionar… no, no.. no! joder. Sólo eso, aprender a decir ese “no” que estuve ensayando durante horas.
—Obvio sÃ, encantada.…—dije en automático con una gran sonrisa.
Mi teléfono empezó a sonar a la mañana siguiente. Y yo no sé si contestar.
Ilustraciones: Arthur de Pins
BUENA VIDA ES… (Playlist: Eros Ramazzotti)
Lunes Marzo 17th 2008, 1:54 am
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Y sÃ. Las cosas buenas estan a la vuelta de la esquina. Faltan dos segundos para que esten perfectamente convertidas en realidad en la palma de mis mano. Juro que en cuanto suceda, lo cuento con detalle.
En tanto, hoy tuve mi primera sesión del Club de Lectura Light y lo que comenzó con el recuento de La Suma de los DÃas terminó con el analisis tormentoso de nuestros últimos encuentros amorosos: Conejita Judia y Soltera, Miss Bussines Bunny, Conejito Politizado y Conejito Sonrisa Perfecta. Todos tan guapos, tan interesantes, tan armados, y al mismo tiempo, tan solos. Un verdadero desastre, joder. Pero terriblemente divertidos a la hora de buscarnos en el pasado.
En el pasado que, de mi parte, incluye al Conejito PR, al mismo que ayer me topé en un antro en buena compañÃa y mucho nervio de no saber cómo decirmelo… ja. Incluye también a Mr. Peruvian Bunny que después de meses se aparece en mi teléfono pero me advierte que soy peligrosa para su estabilidad, al Conejillo de Miura y sus misterios y por supuesto, a My Stress Rabbit del que, a estas alturas, no termino de contestarme cómo es que un dÃa comenzó la historia más triste de los últimos tiempos.
El presente en cambio, me pone por ahà al Conejito Tenista, perfecto para subirme la autoestima, el ego y refrescarme la plática de viernes por la noche. Y a Beautiful Bunny para no perder la práctica en la conquista. Poco a poquito, entrenándome a ratos en el arte de tomarnos una botella de vino en pleno lunes, reÃr sin parar y jurarnos que entre nosotros nunca pasará nada aunque ninguno de los dos se lo crea.
Tras varias horas de repasar aquellos dates que parecen perdidos en un pasado remoto y los nuevos perfectamente metidos en una caja de seguridad, me siento más estable que nunca. Más tranquila. Más zen. Más sana. No sé si es la ausencia del cigarro, del alcohol, el celibato —a punto de concluÃr— o los proyectos de una vida nueva, pero me gusta esto que miro cada noche en el espejo.
Ilustraciones: Arthur de Pins
DANCE, BUNNY HONEY, DANCE DANCE (Playlist: setenterÃsima Penny McLean)
¡Se festejó! SÃ, ¿cómo no? señores. Cómo se debe. Y aún no termino.
Empezó con una felicitación radiofónica muy mañanera. Luego globos y regalitos varios en la oficina. Vamos que, aunque no parezca, a esos niños yo los quiero de veritas. Le siguieron abrazos varios. Comida yucateca en mesa larga larga en donde el tema —cómo no iba a ser— fue la edad y las expectativas amorosas. Y terminó ¿dónde más? en la Covadonga de Todos los Jueves. Tequilas hasta las 3:35 am. Y buenas noches.
Pero si la fiesta apenas empezaba. Le siguió un viernes de pastel, juntas eternas y la preparación para La Gran Noche. Bronceado impecable, pelazo, tacones de vértigo, vestido nuevo —seda absoluta y nada más—. Salà con Best Friend Bunny y Miss Bussines Bunny haciendo el trÃo perfecto. El antro, nos esperaba.

Ahà me encontré con los indispensables. Y que venga, que la pista fue sólo mÃa. Toda la noche, casi eterna. Desde las diez con el primer tequila hasta las siete de la mañana, una botella después. Las historias, en tanto, giraban a mi alrededor. Mientras alzaba los brazos, sacudÃa el pelo y movÃa la cadera se me iban resbalando por el vestido ligerito ligerito las penas de antaño. Las de todo un año.
Pasé de brazo en brazo, pegué cadera con cadera, viejos conocidos —y uno que otro nuevo— se unieron al ritmo de mis 33 cargados toditidos en el pecho.
Casi como una bola de espejos setentera, que mientras gira va dejando cuadritos de luz pegados en la pared, asà se iban desarrollando historias alrededor.
Unos gozaban de amor. Otros de desamor. Algunos sin tardanza encontraron bocas que dejaran frasecitas pegaditas al oÃdo con saliva, de esas que dejan una sensación calientita abajito del ombligo.
—¡Venga, báilele!
Hubo quién se enamoró tres veces en una sóla noche. Y se desenamoró cuatro.
Conejitos Bugas que desaparecieron veloces ante visiones nunca antes vistas. Conejitos bugas que se quedaron curiosos para descubrise mundos nuevos.
—¡Salud!
Conejitos que encontraron Conejitos. Conejitas que jugaron a ligarse Conejitas. Conejitos Gays enganchados de Conejitas Bugas.
—Brindis: «qué éste sea el peor dÃa de los que vendrán con el nuevo año» ¡Eso, joder!
Como destellos, historias saltarinas que nacieron, crecieron y murieron sacudiéndose entre los pliegues de mi vestido. Entre la música que me retumbaba en los oidos y la cabeza dando vueltas me detuve un segundito y miré por la ventana.
—«Lo tengo todo» me dije. Y sólo, por un instante, extrañé dos grandes ausencias.
Cuando el cielo sobre Reforma se pintó de rosa llegó la hora de partir. Con los pies más adoloridos que nunca y dos —bueno tres— hotdogs en el estómago llegamos a casa.
Eramos otra vez, las tres. Básicas, indispensables, cómplices. ReÃamos como estúpidas, mientras los transeúntes mañaneros nos miraban de reojo. Zapatos en mano y recuento de los recuentos de la noche llegamos a mi cama. Como adolescentes en viaje de fin de año, nos quitamos la fiesta de encima sin parar de reÃr. CaÃmos como plomo sobre las sábanas blancas, rendidas.
—«Las quiero —pensé pero no atiné a decirlo—. Gracias por estar».
No sé en qué momento nos quedamos dormidas.
Ilustraciones: Jason BrooksÂ
VUELA, VUELA (Playlist: Magneto)
Y sÃ, la Conejita voló.
Tomó el avión, se fue de viaje, enterró viejas tristezas, desenterró nuevas esperanzas y ya luego contaré con detalle hartas historias que me traje en la maleta: del Conejito Vagabundo pero también de Conejitos Varios. Nomás recuérdenme de los Conejitos Asustadizos.. ¡cuatro en menos de un mes!, los Conejillos Indecisos, el Conejillo Hotelero, la reaparición de Mr. Peruvian Bunny y de otros del estilo y hasta por ahà unos Conejillos Juveniles y quién más tenga, que más le ponga.
Mientras tanto, asà como iba aterrizando el avión a esta Conejita se le bajonearon las orejas. Estaba sentadita, mirando por la ventanilla, cuando el recuerdo como siempre traicionero me saltó por la espalda. El frÃo del aire acondicionado, el cinturón de seguridad en el ombligo, las nubes acolchonaditas a la altura de la nariz… No pude recordar las palabras exactas, pero era como si estuviera sucediendo. La mismita sensación atrapada a la altura del esternón, como si faltara el aire. Esa que sentÃ, hace unos cuantos siglos —que en realidad, el calendario cuenta como unos cuántos meses—. No bien estabamos volviendo de nuestro triunfal viaje como una pareja recién estrenadita cuando supe que todo habÃa terminado. Como si el piloto hubiera anunciado por el altavoz que el avión estaba a punto de caer. Movà la cabeza.
«Esto es —me dije— culpa del pre-cumple»
Bajé del avión dejando al recuerdo metidito debajo de la almohada y tirado en el suelo alfombrado. Al caminar por las escalerillas supliqué que no volviera nunca. Que este fuera el cierre blindado de uno de esos ciclos en los que tanto me gusta ciclarme. Que esos dos lagrimones que me estaban escurriendo por las mejillas fueran los últimos de esta temporada. Que —¡bendito!— el que está por llegar fuera el más grande de los grandes Conejillos que la vida me ha puesto en el camino.
Ahora, metida en la cama, cuento los minutos. Faltan 52 exactos para que se acabe el último dÃa, del último año de mis últimos 32 años. Sólo me queda decirme: ¡Feliz cumple, Bridget Jo!
Ilustraciones: Arthur de Pins
CONEJITA EN PIE DE GUERRA
¿Te atreves o a poco nunca has jugado gotcha? me preguntaron los machos de la Redacción.
–Obvio sÃ, contesté con la mentira más grande que me llenaba la boca. Nos vemos el sábado a las 8 de la mañana.
Empezaba mal. ¿Por qué habÃa hecho una cita en un horario inconveniente? Y obvio, ¿qué me voy a poner? fue la siguiente pregunta que rondó mi cabeza.
Decidà usar un outfit a la Tomb Rider. Estaba lista para enfrentar cualquier cosa. Sobre todo a una tribu de hombres solos, solÃsimos, en pie de guerra y sólo para mÃ.
Desempolvé los pantalones cargo y las botas CAT. Un ligero toque de maquillaje, gafas oscuras y el pelo –perfectamente alaciado– en una cola de caballo completaron el look. Al espejo era la viva imagen de la sexy-ruda Lara Croft y estaba dispuesta a ganar esta batalla.
Llegué a la cita. Más de siete hombres se habÃan reunido portando pantalones camuflajeados, botas, chalecos, chamarras verde militar y una actitud adrenalÃnica que no se les veÃa entre semana.
Y sÃ. La única conejita era yo.
Llegamos al campo abierto y polvoriento de eXperimenta cargados con un verdadero arsenal. Mientras los susodichos armaban, desarmaban, limpiaban y examinaban cada pieza de los rifles, yo hice la fila para obtener careta y chaleco. Finalmente obtuve un par de prendas húmedas y malolientes resultado del sudor de los equipos anteriores.
¡Joder! Esto no estaba siendo sexy. Ya estaba apestando y no habÃa empezado a correr.
A la hora de la repartición de los equipos, me sentà como en la primaria: con la extraña sensación de que ninguno me querÃa en su bando. Salieron primero los expertos, le siguieron los más fuertes y resistentes, después los novatos y al final.. yo. Casi como de pilón.
Entramos al campo y empezó la batalla. Corrà como una loca detrás de unos botes. OÃa disparos, poing, boing, respiros, susurros y adrenalina. Esperé en cuclillas con las pantorrillas entumidas. Ni siquiera mis clases de Pilates me causaban ese efecto. En algún momento tendrÃa que disparar y no tenÃa la menor idea de cómo usar el arma. Minutos (¿horas?) después oà mi nombre. Me buscaban. La batalla habÃa acabado y yo no ocupe ni una sola munición.
Para la segunda batalla, prometà hacerlo mejor. Apenas dieron las instrucciones me agazapé detrás de unas llantas, espiaba por un agujero temblando. Al voltear reconocà “al expertoâ€?. Me hizo señas y señales que no entendÃ. Lentamente asomé la cabeza detrás de las llantas. Alisté el arma, y cuando puse el dedo firme en el gatillo… ¡poing! Una pelotita se me impactó a toda velocidad en la frente, derramando un liquido viscoso. Me dieron ganas de llorar.
–¡Aaaay! grité.
–Muerta, respondieron por ahÃ.
–Váyanse al carajo, pensé.
La siguiente batalla consistÃa en “robar una bandera de campo enemigoâ€?. Aunque nunca vi la bandera, me dispuse a seguir a los más hábiles. Uno de ellos, de lentes, mirada tiernita y no de mal ver me echó el ojo.
–Tú juegas conmigo, dijo con aire autoritario.
–A huevo, pensé, éste ya cayó
Seguro el hombrecito habÃa notado mi aire a la Angelina Jolie y tratarÃa de entablar conversación en medio de tan sangrienta batalla.
¬¬–Tres, dos, uno.. ¡corran! Y ahà voy detrás del joven de los lentecillos.
–Escóndete ahÃ, dijo señalando detrás de un árbol. ¡Pechotierra! gritó.
Estábamos los dos, lado a lado y yo buscándole el lado romántico al asunto cuando sentimos un movimiento. Era el último del bando contrario.
–Vas, me dijo.
–¿A dónde? pregunté
– Sal para que te vea y yo dispare.
–¿O sea cómo? pensé Ahora resulta que soy la carnada… Ay ajá,
Su mirada no me dejó replicar. El gesto adusto, los labios en una mueca rÃgida, el ceño fruncido. ¡Joder! ParecÃa cuestión de vida o muerte. Y obvio, la muerta fui yo: apenas intenté correr hacia el objetivo recibà una ráfaga de endemoniadas pelotitas que fueron a impactarse directito a mi trasero dejando marcas como de celulitis. Auuuch.
Tras mi heroico suicidio, el jovencillo de los lentes ni me volvió a mirar. Decidà que era hora de emprender la graciosa huÃda y sentarme en la zona donde una novia aburrida esperaba el regreso triunfal de su peoresnada.
Estaba a punto de quedarme dormida cuando los và regresar. Uno más sucio que el otro, arrastrando los pies. Por fin, habÃa acabado la guerra. O eso pensé. La testosterona flotaba en el aire y uno tras otro, contaron, recontaron y volvieron a contar sus hazañas en el campo de batalla. ParecÃan niños de 10 años. Y lo eran.
De pronto, la novia aburrida decidió avanzar, muy coqueta, con caminadito numero tres. Me ardÃ. La susodicha, a diferencia de esta Conejita empanizada de tierra, con un chichón en la frente y manchas de pintura en la ropa, lucÃa pantalón ajustadÃsimo blanco impecable, tacones y top cortito. En el centro, más de 20 se ponÃan y quitaban uniformes contando sus hazañas con aspavientos. Y ella estaba a punto de pasar por el medio de mi ¡mi! grupo de hombres contoneando la cadera.
Entonces sucedió el milagro. Ella cruzó y mis muchachos apenas miraron de reojo y volvieron a la discusión. Sentà una oleada de orgullo. No habÃa mujer capaz. El gotcha, lo supe, era cosa de niños.
¿QUIÉN DA MÃ?S…, QUIÉN DA MÃ?S?
Pues sÃ, parece que pusimos el corazón en venta. Y me queda claro que eso de andar rematando el corazón como en tianguis es poco sexy. Pero, ahora sà “juro que yo no fuÔ.

Todo comenzó (o al menos eso recuerdo) con el Next Door Bunny y sus mensajes escritos sobre el polvo del parabrisas de la Exuberante Princesa Yaris. No pregunten cómo, el susodicho continúo mandando mensajes a mi celular. Al principio lindos, otros ligeramente más exigentes, ya finalmente desesperados ante mi falta de definición. Y bueno sÃ, no hay muchos que aguanten después de mi interminable “llámame luego y vemos”.
Y es que por ahà traÃamos bajo la manga la cita de viernes con el Conejito Probable Ideal. Todo estaba preparadÃsimo: taconazos de primera, pelazo lacio, vestido ondeante y chamarrita casual. Asà como quién no quiere la cosa. Iba yo muy decidida a encontrarme con el susodicho cuando sucedió lo impensable. Entré en pánico. Lo và a través del cristal, reconocà su figura alta, alta que muy alta, contuve el aliento y me di la vuelta. Y ahà estoy, cual Angélica Yara MarÃa, haciéndome trenzas y mordiendo el rebozo, escondida detrás de un estante de libros. La Bombón Bunny no daba crédito a sus ojos y sólo atinaba a repetir:
—”¿Neto, neto no lo vas a saludar?”
AsÃ, con el corazón detenido, miré alejarse al Conejito Probable Ideal jurando que todo es culpa del alcohol que a mÃ, al contrario de todo el mundo mundial, me inhibe.
En fin, me consoló la idea de que la mañana siguiente la pasarÃa con el Conejito Marinero, con todas sus buenas intenciones de ponerme a velear en plena Presa Madin. SÃ, sÃ, una presa potabilizadora con todo y el agüita verde. Y sÃ, sÃ, una experiencia urbana digna de un largo post. En fin, el resultado más positivo resultó el agarrar buen bronceado.
De regreso a casa, el mismisimo Conejito PR hizo una llamada y ofreció una salidita de domingo de puente. Me pasé la tarde meditando en las reapariciones intermitentes de éste y otros conejitos, como si mi corazoncito fuera asunto de “ring, ring, corre” (el jueguito infantil y ochentero ese que consistÃa en tocar puertas y correr desesperados esperando que el dueño de la casa no nos encontrara).
Como si mis disertaciones no bastaran y mi estabilidad emocional fuera cosa de nada, el domingo por la noche otro espontáneo decidió ligonearme via sms. ¡Hágame el rechingao favor! Mensajitos varios y anónimos que ofrecÃan y prometÃan amor eterno y a primera vista. Tras largo trabajo de investigación minuciosa, el Conejito Anónimo resulto ser nadamásynadamenos que el mismisimo Señor Talabartero de la Esquina. SÃ, sÃ, uno que jura haberse enamorado con que yo nomás le llevara mi chamarrita de gamuza a teflonear.
¡Hábrase visto! Yo ya no sé si alguien me pegó en la espalda un letrerito de “Ofertón. Corazón disponible en reventa. ¿cuánto ofrece?”. O a estas alturas, deberÃa salir con más ropita a tirar la basura, evitar la sonrisa oreja-a-oreja mañanera con los vecinos.. O ya de plano, y con esto del corazón perennemente roto, mejor me postulo como La Reina del Barrio para por lo menos tener el gusto de haber usado una vez en la vida, coronita brillante detenida estratégicamente con una mano sobre la cabeza ladeante, cetro amenazador, banda con hartas lentejuelas sobre el pecho bien erguido y ramo de rosas apenas en flor.
Joder!
CORTE DE CAJA
Sábado Marzo 10th 2007, 8:36 pm
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TodavÃa no veleo, pero no falta tanto. En cambio, me pasé horas en la mesa con esas dos: Conejita Judia y Soltera y Bombón Bunny. Cada una compartiendo una historia igual o peor que la mÃa (confieso que la de Bombón esta vez me superó!). Un verdadero guion de telenovela a la Muchachitas.
En mi turno del recuento hice un corte de caja de los últimos meses. Pasé del Conejito de Miura a Conejito Probable Ideal pasando por el Conejito PR, no faltó Mr. Peruvian Bunny y rematando con un recuento nada veloz de la historia completa de My Stress Rabbit. Y quién más tenga, que más le acumule.
De regreso a casa me pasó una vez más: al alzar el teléfono para quedar con el Conejito Marinero en la cosa de la veleada me encontré con que en la contestadora estaba la voz de un nuevo Conejito: Next Door Bunny, con una invitación a salir. Se trata del mismo que dejó su teléfono escrito sobre el polvo de mi parabrisas. No pude más. Se me hizo un nudo en el estómago y comencé a llorar.
–¿Cuántos más? pensé. ¿Cuántos más me faltan para encontrar a The One?
Han pasado varias horas, tengo los ojos rojos y ni idea de dónde encontrar la respuesta.
PUERTO DE MIS AMORES…
Nada como poner a remojar las tristezas en agua salada, digo yo.

Desde mi llegada a Puerto, recordé por qué es el puerto de mis grandes decisiones. Cada vez ha sido distinta e importante. Y ésta no podÃa fallar.
Personaje 1:
Apareció a las 6 de la mañana. El Niño Sueco estaba dispuesto a llevarme a ver el amanecer desde unos manglares. Y entre el sol saliente y su extraña pronunciación, hablaba de su objetivo. Asà suavecito, como no queriendo, pasó de sus viajes a sus logros, de sus metas a ‘eso’ que lo mueve. ¡Carajo! Con esa tranquilidad que da el puerto, me escupió en la cara lo ápatico de mis últimos momentos.
—¿Y a tÃ, querida Conejita, qué ‘te mueve’?, me pregunté después de más de quince horas juntos.
Personaje 2:
—SÃ, eso dicen. Que vivimos en el paraÃso… Pero no se crea. Aquà también nos faltan cosas, me dijo Don Conejo Galán mientras se sentaba en mi mesa con una langosta en la mano. Frente a nosotros se desplegaba una de esas playa que sólo se ven en ‘territorio telcel’, hasta donde alcanza la vista.
–Pero sÃ, sà soy muy feliz con lo que tengo. Con el paraÃso, remató.
Personaje 3:
–No.. porfavor. Te lo pido como un favor –me dijo mirándome a los ojos, casi como una súplica. Se trataba de El Artista Portadeable, el mismo que ocupó las paginas de mi revista sólo unos meses atrás— Déjame MI playa un ratito más. No le digas a nadie que existe.
Y yo le hice caso.
Personaje 4:
Y sÃ, también en esta ocasión fue el Babylon. Lugarcito de libros, juegos de mesa y mojitos como ningunos. La primera noche sirvió de centro de reflexión, la segunda para recordarnos que el mundo es grande y yo nomás estaba viendo el horizonte desde mi ventana.
Llegó unos minutos después que yo y se paró junto a la barra. Me recordó a El Actor Atormentado. A primera vista juré que era italiano: conozco bien esos gestos decididos, la sonrisa conquistadora de lado y el doble beso en la mejilla. Lo miré dos segundos. Me miró uno solo. El tiempo pasó y cuando ya casi me habÃa olvidado de su presencia, reapareció con el pretexto del cigarrillo. Eso y bastó.
Durante las siguientes horas y tequilas no fallaron las palabras. Una detrás de la otra se hilaron hasta las cuatro de la mañana. La plática pasó de la polÃtica a los amores, del mundo a los paÃses, de las caras a los corazones. TenÃa frente a mà a un Conejito Vagabundo, uno de esos ejemplares que habÃa olvidado: uno que recorre el mundo por el gusto de mirar los rostros del otro lado de la frontera, de los que no se lian a los convencionalismos pero tampoco se clavan en la irreverencia adolescente, uno que pasa de “casa-coche-perro-jardin”, uno de esos que mira desde dentro de sus ojos claros, que se confiesa vulnerable y que va buscando de la vida mucho mucho más de lo que he oÃdo en los últimos meses. Uno de esos, joder!
Supe entonces que ésta era una de ‘esas’ noches: donde la vida se me revuelve, como metida en el shaker del martini y vuelta a poner en otro lugar.
Tomé el avión de vuelta sabiendo que el corazoncito estaba en franca recuperación. Luciendo una sonrisa estúpida en la cara de pensar en esa caminata al filo del amanecer…
-¿Me das tu mail? dijo mientras escribÃa sus datos en mi libreta de tapas negras.
Fin del cuento:
Esta mañana, con la nariz bronceadita y viéndome al espejo, me recuerdo que es hora de volver a abrir las alas. El que quiera que planee a mi lado. Porque como Oliverio no le perdono a un hombre que no sepa volar.
AS IF…
“¿Estas consciente que se va a casar?… Y no contigo” dijo. Asà de simple, llana y dura fue la frase de Miss Business Bunny. Parpadeé tres veces seguidas y, obvio, contesté con simpleza y creatividad. Como si de verdad, no me importara.

Ay, obvio que no importará tanto, si me mantengo con el corazoncito bien ocupadÃsimo. Ya sea con el Conejito PR que, meses después, regresa a intentar recuperar lo perdido o con Butty Bunny que destila interés en pequeñas dosis o con El SaltarÃn Mediático que le pone sabor a las mañanas. Será…
Será que ya aprendÃa a poner a la tristeza a girar a mi ritmo, será que me bastan tres segundos para volverme la mismÃsima protagonista de “El Descanso” aunque me falte sólo unos milÃmetros para parecerme a Kate Winslet, será que como en la cinta estoy a punto de tomar un avión y dejar que amores y desamores amarrados en tierra.
O será que una se va haciendo a la idea de que bodas van y bodas vienen y una no será la protagonista del festejo.
Será el sereno.
TE MENTÃ?
O CUANDO UNO SE SIENTE AL BORDE DEL PRECIPICIO
No sé si es mi increÃble capacidad para hacer como que no pasa nada lo que me ha mantenido tan absurdamente tranquila en estos últimos dÃas. “La vida que va” como dirÃan aquellos cantantes poperos. El caso es que, entre el trabajo y la inconciencia, me he mantenido a flote.
Hasta ayer.
En un abrir y cerrar de ojos apareció en mi pantalla. Ya no recordaba tenerlo entre mis contactos. De pronto, una categoria llamada “no quiero saber” estaba ahÃ. Ja. Un viejo truco de hace meses para no entablar conversaciones con quien no querÃa. Bajo ese tag pasaron en algún momento El Extranjero, El Pibe Argentino, El Conejito PR… y quién más tenga, que más le ponga. Y también asÃ, poco a poco, cuando las aguas regresaban a la tranquilidad, ellos regresaban a la categorÃa de “amigos”, “conocidos” o simplemente “contactos”.
Sólo uno no habÃa cambiado de lugar: Islerodemiura.
Y asÃ, como no queriendo, ayer se nos puso enfrente. El nick de siempre, la foto de siempre y el vacÃo en el estómago de siempre. ¡Joder! ¿Pero que no lo tenÃamos superado?
Durante varios segundos miré fijamente su nombre. Abrà y cerré la ventana varias veces. Me sentà al borde del precipicio. A punto de claudicar. A dos milésimas de preguntar ¿cómo te va? (cual cursilona canción de Las Pandoras de Antaño).
—SÃ… —pensé— Te mentÃ. Me mentÃ. Te extraño endemoniadamente.
El trabajo, el tiempo o una rápida recuperación de la conciencia me detuvieron. Quizá hasta la presencia por ahà del Último Buen Amor: My Stress Rabbit, que tuvo a mal desaparecerse en plenas epocas navideñas, me devolvieron al dulce trajÃn de todos los dÃas.
Esta noche, manejando de regreso a casa y casi de manera involuntaria, se me llenaron los ojos de lágrimas. Las dejé escurrir por las mejillas casi con gusto.
Y sÃ, y ¿qué chingados?
Estoy triste, profundamente triste. No sé si por el que se fue o por aquel que no termina de llegar.