YA LO PASADO.. ¿PASADO? (Playlist: José José)
Yo lo digo y lo confirmo: los astros están conspirando en mi contra (tal vez favor). Tras la aparición de Conejito Jeepero, los otros conejitos y conejitas del pasado salieron de la madriguera para plantárseme enfrente.
Empecemos con el TV Bunny. Ahora tan propio frente a las cámaras, tan seriecito que se ve.. y mira nomás, apareciéndo para buscar un encuentro. Por cierto, fallido. Sus horarios, mis compromisos nomás no nos han hecho encontrar la cuadratura. Por ahà apareció después de varios meses la Conejita Comeflores, harto pacheca llegó a mi casa. Y harto pacheca comenzó la conversación: el pasado muy pasado, el pasado apenas pasado, su vida amorosa —rebien resuelta oigame—, mi vida amorosa —hecha un desmadre—, nuestros mundos.. y ahà vino el atorón:
—«Lo que tienes que hacer es salirte de ese mundo aspiracional en el que vives. Buscar en otros ambientes».
Joder. Eso no sonó facil. Años matándome para dedicarme a la cosa de la tendencia, para que ahora me digan que la tendencia es una jodidez. No lo sé de cierto.
Dos dÃas después, reapareció algo mejor aún. La Conejita Mejor Amiga del Mundo Mundial. Ja. Esa misma de hace ¿30? ¿28? años. Esa de la escuela, la barda, la pubertad, la adolescencia y varias dolencias más. Pasamos el dia juntas y con tan poco que reclamarnos. La và luminosa, linda, tranquila. Fuera de una mala historia. Vamos parejas. Y metida en una que —si no espectacular— es sana. Ella va un pasito adelante. Y con muchos, hartos planes de vida. Iguales.
Y ya como si no bastara, la noche terminó cantineando. Lo primero que vi al cruzar la puerta fue su cara. Se me cortó un poquito la respiración. Ahà estaba My Stress Rabbit. A un año… un año ibamos a sentarnos en la misma mesa. Caminé más despacio. Esbozé mi mejor sonrisa. Saludé y me pegué al hombro de Mr. Perfect Bunny. Estabamos los tres, como en los viejos tiempos, pero sin las viejas historias. ¡Cuánto joder, joder, joder, nos ha pasado a los tres en este año! Salà varias horas después, tres tequilas encima y más tranquila que nunca. La Conejita Jefa dirÃa sabiamente:
—«El tiempo lo cura todo».
Curada estoy. No sé, ahora sà que de cierto, si estos del pasado regresaron para quedarse o nomás para enseñarme algo. Yo, sigo aprendiendo.
CÓMO HEMOS CAMBIADO… (Playlist: Presuntos implicados)
¿Para qué sirven los exnovios? me hubiera dicho La Mejor Amiga, tras colgar el teléfono.
En la lÃnea, sorpresivamente, habÃa aparecido uno de ellos: El Conejito Jeepero. Aquel de la vieja historia “De transbordadores espaciales… y licuadoras”
(contada precisamente el 5 de enero de 2006).
Unos minutos después estaba tocando la puerta. Al abrirla lo encontré: tan igual, tan guapo, tan desgarbado, tan ligerito por la vida. Tan sexy, demonios.
Bastaron unos minutos para que notara la diferencia.
—«Estas distinta» comentó.
—«Es que me parecé un déjà -vu» dije mientras el color se me subia a las mejillas.
Me estaba poniendo nerviosa. DespedÃa ese olor particular que sólo tienen algunos hombres. Ese que de pronto te pone en un lugar pasado, en un momento pasado, en un instante preciso del pasado. Traté de ignorar la situación. Mantener el control. Servir más vino. Prender y apagar la tele. Ver el WTC tiritando de frÃo en el balcón. Después de muchos recuentos y recuerdos, sucedió. Se acercó lentamente y respiré su olor. En ese preciso momento recordé por qué se habÃa convertido en uno de los mejores empiernamientos de mi vida del mundo mundial.
Con un beso bastó. Las piernas me temblaron. El Conejito Jeepero es de esos que no habÃa pasado su tiempo ligoneando chiquillas a diestra y siniestra. Se habÃa simplemente aplicado. Perfeccionado la técnica. Descubierto grandes pequeños secretos.
Sólo un beso —infinito, indecente, indescifrable— y apliqué la graciosa huida. Despedà en la puerta a una gran gran posibilidad en la cama.
—«No es momento» pensé tranquila, mientras me deslizaba entre las sábanas. El Conejito Jeepero se habÃa formado en la lista de los que siempre, siempre regresan.
POR VOLVERTE A VER (Playlist: Dyango)
El speech es el mismo. Nada más cambia el interlocutor:
—Mi queridÃsima Conejita, entre tu y yo siempre habrá algo que nos una. Bla, bla, bla.
Esa vieja historia del lazo invisible de ‘ombligo a ombligo’, de las tardes de empiernamiento que uno no pasa asà nomás al cajón de los olvidos, de la amistad profunda que se formó, asà por abajito, casi sin darnos cuenta, entre beso y beso. Y hasta por mi infinita e increÃble capacidad de entender que las cosas, un dÃa, asà sin más, se acaban.
Será el sereno, pero siempre, uno a uno, han terminado por regresar. Desde Conejito Filósofo, atormentado amor adolescente que reapareció al paso de muchos años para caminar juntos por las calles neoyorquinas en pleno maratón.
Lo hizo también Mi Conejito Napolitano, meses después de la brutal ruptura, con una cita en la cubanÃsima isla del Caribe. Una cita sólo que nos dejó borrachos de besos, calor y ron.
Y si de cuenta se trata, siguen faltándome dedos para ponerle números a los recuentos con el Conejillo de Miura. Una y otra vez. Algunas con pretexto, en otras ni siquiera hubo necesidad de inventarnos alguno.
¿Qué tal la reaparición de Mr. Perfect Bunny? Después de casi un año de silencio y distancia, un dia sonó mi teléfono. Pasaba que se habÃa dado cuenta del tiempo dejado pasar.
Y asÃ, hace apenas unos dÃas aparecà sentada en un patio, al borde de una fuente colonial y hasta el sol que ese dÃa decidió amanecer bonito. Junto a mÃ, el Conejito de turno, estresadÃsimo, relataba el mismo speech. Casi casi acomodando las comas y los puntos en el mismo lugar.
En algún momento dejé de escucharlo y me limité a mirarle los ojos negros, más negros en los que me he visto. Y esas cejas (cómo dirÃa Papito Bose). ParecÃa tan convencido del argumento como los anteriores. Se habÃa aprendido el guión a la perfección. Una tras otra le salieron las frases, detenidas apenas con alfileres. No tenÃa sentido —como bien tiene la costumbre esta Conejita— contradecir, cuestionar, confrontar. Al fin y al cabo, un dia, dentro de muchos siglos, volverá a sonar mi teléfono. Sólo para medir el espacio que no dejamos entre piel y piel.
Ilustraciones: Jordi Labanda