NUM PAÍS TROPICAL (Playlist: Jorge Ben)
Ok bueno, no es Brasil, pero tras los fríos aquellos, a ésto sólo le falta el Carnaval.
El regreso no fue fácil pero sí reconfortante. Ésta Conejita viene más cargada que nunca de maletas, ropita nueva y energía desbordantes. Tengo tantas tantas cosas por hacer que voy apuntando en mil papelitos por ahí para no olvidarlo.
Primer punto: soy feliz. inmensamente feliz de haberme ido y reencontrado con aquella mini-conejita de orejitas temblorosas. Y no que hoy las orejas nos tiemblen menos, lo cierto es que por lo menos están más grandes, peludas y entrenadas para esquivar los trancazos de la vida. Regresé convencida de que vivir hartos años en rumbos europeos me enseñó a vivir bien. A gozarme la vida. A preferir calidad a cantidad. A hacerme de pocos pero buenos amigos… y a cada que me agarre la tristeza, tomar una maleta, subirme a un avión y llorar copiosamente mientras miro mi reflejo en la ventanilla.
El segundo punto (y aquí oigo llegar las carcajadas) es mi firme apuesta al celibato —nubilato, vamos—. Y antes de que terminen de desternillarse de risa, les juro que voy por buen camino. Nada de empiernamientos por ahora (y hasta la llegada de la primavera). Y no es que no me gusten, joder. Es que tengo ganas, muchas ganas de meterme a la cama con alguien que no saldrá corriendo en la madrugada. Quiero un empiernamiento que dure hasta la mañana siguiente… y la que sigue y la que sigue de preferencia. Quiero saber qué se siente eso de comerse a besos y quedarse un poco con las ganas.
El tercero incluye mi nueva buena disposición por refinarme el oído —y las orejitas de paso—. Eso incluye un nuevo idioma, una nueva música, más melodías, voces de otros extremos de la tierra y si se puede, hasta unos pasitos de samba. Estamos, si chiquillos, con ánimos exóticos.
El cuarto, va de libros. Y un grupo de buenos pocos lectores que se animen a participar. Eso que otros llaman Club de Lectura. Tardecitas de domingo, una vez al mes, para hablar de letras e intenciones del que escribe. Un pretexto nomás, para oir a otros hablar de lo mismo pero diferente.
El quinto y último —y este es un secretito— ha sido mi último agradable descubrimiento: Beatiful Bunny. Que me dio una de las cenas más divertidas de mi vida. Que va de música, de letras y de dates fallidos como una Conejita servidora. Que habla tanto como yo y se le va el santo al cielo aún más seguido. Que se nos escurrió la noche en un ratito e hizo que esta mañana despertara con una sonrisa en la boca.
Ilustraciones: Arthur de Pins
CONEJITA ENCUENTRA CONEJITO
«Cuando lo conozcas, no volverás a salir de tu casa ni a necesitar un novio», dijo La Judía Solterísima casi como una confesión. Yo, pensé, iba a seguir su consejo a pie juntillas.
En aquella cena empecé a sentirme fuera de lugar. Todas, sin excepción, conocían al famosísimo Rabbit. Habían tenido algún encuentro divertido, exótico o desastroso con él. Movían las manos, lo describían con pelos y señales, reían ruidosamente mientras el mesero buscaba cualquier pretexto para acercarse a la mesa. No quería reconocerlo pero las descripciones sonaban atractivas:
-¿Pero o sea, cómo.. no entiendo… cómo es? pregunté con ingenuidad.
-¡Uff! Maravilloso, decían, como para perder la cabeza. Seguro ya lo has visto.
¡Obvio no! A pesar de haber ido más de una vez a una sexshop no tenía ni idea de cómo era el artefacto este. ¿Cómo demonios la mismísima Conejita de Indias resultaba tan naive?
Al siguiente fin de semana no resistí más. En el desayuno con La Mejor Amiga, liberal e iniciadísima en el tema, lo solté.
-¿Sabes qué es eso del… mmm conejito.. no sé… que vibra?
-¿El Rabbit? casi gritó con todas sus letras. Está buenísimo.
Sin pensarlo un minuto más, llegamos directito a SexEmporium en la Roma. Las enormes vitrinas, rodeadas de neón, con disfraces de camarera y mujer policía, no me estaban ayudando en el asunto.
Titubeé. ¿Qué parte de evitar una sexshop cerca de mis propios rumbos no había entendido? Mi amiga no se detuvo ni un minutito.
—Ven, ven, vamos, decía mientras me arrastraba. Miré con rapidez a ambos lados de la calle y entré.
Dentro actué con gran maestría: recorrí los pasillos de disfraces mirándolos como vestidos de diseñador y pasé la mano sobre lubricantes de todos colores y sabores mirando con aires de grandeza.
—Ay obvio, este es termoactivo. Eso del calorcito es lo de hoy. dije
Entonces sucedió justo lo que me temía: una señorita de lo más mona se acercó con la típica pregunta
—¿Buscabas algo?
Con las mejillas rojísimas intenté contestar como si nada pasara.
—Eh no.. estamos viendo… bueno sí… no sé.. me dijeron de una ¿cosa?..
¿Cómo diablos se le decía para seguir siendo políticamente correcta? ¡¿dildo… vibrador… conejito?!
Sonrío casi condescendiente y soltó su letanía casi sin respirar:
«Aquí están los dildos. De este lado están los manuales por si estás empezando, aquí tenemos los que funcionan con pilas para quien le gusta la vibración, los hay pequeños, como de bolsillo, a la izquierda están los de doble función para la estimulación anal, de aquel lado tenemos los aros, las vaginas de látex para tu novio y… ».
Para ese momento yo estaba al borde del paro respiratorio. Joder. ¿Teníamos que hablar del asunto con tanta… familiaridad? ¿Y vamos, si tuviera un novio estaría aquí metida? Chale. Tanta atención me ponía muy nerviosa.
Mientras tanto, mi amiga se divertía horrores tocando todos los productos que tenían un agujerito en la cajita con la leyenda “Try Me”.
—Ven ven.. toca.. está buenísimo me decía saltando de aquí para allá
¡Obvio no! Por más que trataba de mantener la compostura, no podía ni pensar en eso de meter el dedo para comprobar si la textura del aparato en cuestión era la adecuada o no.
Finalmente, me enseñó la sección de los Rabbits, que de conejitos y estéticos tenían muy poco. Una tras otra, abrió las cajitas. Falos azules, morados, transparentosos y en su versión natural. Cada uno con un movimiento increíblemente sofisticado.
—Rabbit, decía como en clase de Biología, además de vibrar y alcanzar directamente el punto G, tiene unas “orejitas” que estimulan el clítoris.
Lo tomé y abrí los ojos como platos. Era enorme, rosa y ¡se movía!. Con más de 20 velocidades dirigía las orejitas, la colita y el cuerpo entero en distintas direcciones al compás de un montón de luces que prendían y apagaban con ritmo de antro. Joder, pensé, a esto sólo le falta la sirena.
Muerta de la vergüenza fui al mostrador. Con cierta impaciencia saqué la tarjeta de crédito. Era tal la prisa que a la hora de ver el voucher no pude ni replicar: ¡$1300 pesos! Tragué saliva y firmé. A ese punto no me iba a poner a buscar algo más baratito.
Con la bolsa negra entre la manos, como con un tesoro robado, llegué a casa. Me senté en la cama y abrí el paquete con la emoción de una quinceañera. Puse las pilas, lo coloqué sobre el buró, apreté un botón y miré curiosa. Se movía mientras destellaba por todos lados. ¿Dónde jodidos iba yo a guardar el juguetito este? No pude evitar pensar en la señora de la limpieza. Arrugué la nariz. Apagué el aparato. Me metí a las sabanas, me tapé y cerré los ojos.
—Esta noche no, me dije.
Creo que necesito tiempo para acostumbrarme a la presencia de mi nueva “mascota” en casa.
Ilustraciones: Arthur de Pins
La Conejita no supo cómo justificar el cargo de 1300 de “sexalgo” en el estado de cuenta que su mamá jura que está equivocado.
MI PEOR ERROR (Playlist: La 5a. estación)
—¿Cuál ha sido tu peor error? me preguntó.
Digo yo. ¿Qué no somos las mujeres las que preguntamos esas cosas incómodas después del empiernamiento?. Pues no. Ahora fue el susodicho, cuando aún estabamos relajaditos con una gran gran pantalla enfrente, un gran gran jacuzzi, aceititos varios y unas grandes, grandes ganas de quedarnos abrazaditos. Chale, no había remedio: tenía que contestar.
Lo pensé 3 segundos exactos y dije sin chistar:
—El de Houston.
Pasaron varios minutos en silencio, una ligera tensión se sentía en el aire y cuando creía que había pasado en calma el momento delicado, preguntó asi como no queriendo la cosa:
—¿Aún lo extrañas?
Ahí sí me rendí. No pude más. Estaba yo tomando aire para respirar muy dueña de la situación cuando, como tormenta tropical, los ojos se me inundaron. No, no pensé. No ahora. Pero por más que pestañeé rapidísimo mientras recordaba mis ejercicios de respiración zen, tremendos lagrimones se me escaparon al momento y rompí en llanto, cual chiquilla a la que le acaban de arrebatar su juguete preferido. Esto ha sido llorar en serio. No pude decir nada. Uhquela, pensé. Sólo eso me faltaba para romper el encanto. No sé cuánto tiempo me perdí entre sollozos de eso que te salen directito de la boca del estómago. Esos que te saltan por detrás y se te cuelgan del cuello y no se bajan por más que te sacudes.
Él no hacía más que acariciarme el pelo y pedir disculpas. Y yo, con el estúpido nudo atravesado en la garganta que no lograba explicarle. Seguro porque ni yo sabía lo que estaba pasando. Seguro pensaría que estoy loca (y bueno sí, un poco).
Claro que no, quería decirle. Obvio no lo extraño. Obvio el asunto acabó hace meses. Obvio lo tengo superadísimo. Obvio… que aún me duele. Obvio… obvio.. obvio un carajo.
El resto fue poco menos desastroso: creo que hasta me sentí aliviada. Era lo único que me faltaba. Hablarlo con él y llorar fuerte y con ruido, con los ojos rebosados de lágrimas, con la nariz escurriendo, mojando los cojines. Y yo que no quería reconocerlo: sí, punto, lo de Houston fue el más grande error de mi vida. Y ese, vamos —historias van, historias vienen— me lo llevo en la conciencia. Y hoy, vamos —historias vienen, historias van— estamos en un nuevo punto de partida.
Ilustraciones: Maitena
DESPIERTAME CUANDO PASE EL TEMBLOR (Playlist: Soda Stereo)
La Conejita tiene miedo. He dicho.
Tiene un miedo chiquito que la despierta de madrugada, un hueco en la boca del estómago, un presentimiento de esos a los que una nunca les hace caso.
Miedo de tanta tranquilidad aparente. Del amor amorosísimo. Me suena al mar en calma chicha. Me suena a los perros aullando antes de un temblor.
Confirmo: La Conejita tiene miedo. La cosa que no está confirmada es bien de qué.
Ilustraciones: Arthur de Pins
DANCE, BUNNY HONEY, DANCE DANCE (Playlist: setenterísima Penny McLean)
¡Se festejó! Sí, ¿cómo no? señores. Cómo se debe. Y aún no termino.
Empezó con una felicitación radiofónica muy mañanera. Luego globos y regalitos varios en la oficina. Vamos que, aunque no parezca, a esos niños yo los quiero de veritas. Le siguieron abrazos varios. Comida yucateca en mesa larga larga en donde el tema —cómo no iba a ser— fue la edad y las expectativas amorosas. Y terminó ¿dónde más? en la Covadonga de Todos los Jueves. Tequilas hasta las 3:35 am. Y buenas noches.
Pero si la fiesta apenas empezaba. Le siguió un viernes de pastel, juntas eternas y la preparación para La Gran Noche. Bronceado impecable, pelazo, tacones de vértigo, vestido nuevo —seda absoluta y nada más—. Salí con Best Friend Bunny y Miss Bussines Bunny haciendo el trío perfecto. El antro, nos esperaba.

Ahí me encontré con los indispensables. Y que venga, que la pista fue sólo mía. Toda la noche, casi eterna. Desde las diez con el primer tequila hasta las siete de la mañana, una botella después. Las historias, en tanto, giraban a mi alrededor. Mientras alzaba los brazos, sacudía el pelo y movía la cadera se me iban resbalando por el vestido ligerito ligerito las penas de antaño. Las de todo un año.
Pasé de brazo en brazo, pegué cadera con cadera, viejos conocidos —y uno que otro nuevo— se unieron al ritmo de mis 33 cargados toditidos en el pecho.
Casi como una bola de espejos setentera, que mientras gira va dejando cuadritos de luz pegados en la pared, así se iban desarrollando historias alrededor.
Unos gozaban de amor. Otros de desamor. Algunos sin tardanza encontraron bocas que dejaran frasecitas pegaditas al oído con saliva, de esas que dejan una sensación calientita abajito del ombligo.
—¡Venga, báilele!
Hubo quién se enamoró tres veces en una sóla noche. Y se desenamoró cuatro.
Conejitos Bugas que desaparecieron veloces ante visiones nunca antes vistas. Conejitos bugas que se quedaron curiosos para descubrise mundos nuevos.
—¡Salud!
Conejitos que encontraron Conejitos. Conejitas que jugaron a ligarse Conejitas. Conejitos Gays enganchados de Conejitas Bugas.
—Brindis: «qué éste sea el peor día de los que vendrán con el nuevo año» ¡Eso, joder!
Como destellos, historias saltarinas que nacieron, crecieron y murieron sacudiéndose entre los pliegues de mi vestido. Entre la música que me retumbaba en los oidos y la cabeza dando vueltas me detuve un segundito y miré por la ventana.
—«Lo tengo todo» me dije. Y sólo, por un instante, extrañé dos grandes ausencias.
Cuando el cielo sobre Reforma se pintó de rosa llegó la hora de partir. Con los pies más adoloridos que nunca y dos —bueno tres— hotdogs en el estómago llegamos a casa.
Eramos otra vez, las tres. Básicas, indispensables, cómplices. Reíamos como estúpidas, mientras los transeúntes mañaneros nos miraban de reojo. Zapatos en mano y recuento de los recuentos de la noche llegamos a mi cama. Como adolescentes en viaje de fin de año, nos quitamos la fiesta de encima sin parar de reír. Caímos como plomo sobre las sábanas blancas, rendidas.
—«Las quiero —pensé pero no atiné a decirlo—. Gracias por estar».
No sé en qué momento nos quedamos dormidas.
Ilustraciones: Jason Brooks
QUIERO DORMIR CANSADO (Playlist: Emmanuel)
El pretexto fue un café. Llegué corriendo al local de siempre y ya me esperaba. Nos sentamos y pedimos lo de siempre. Un caffe latte para mí, un espresso para él. No habían pasado diez minutos cuando con el pretexto de padecer de un sueño profundo, decidimos irnos.
—¿A tu casa o a la mía? pregunté sarcástica, sabiendo que la primera no era siquiera una posibilidad.
Al subir las escalera platicabamos de cualquier tontería. Nerviosos. Habían pasado tantos días convertidos en siglos desde la última vez que subimos esos escalones. Tras dos intentos, logré meter la llave en la cerradura. Me estaba jugando la estabilidad de los próximos mil años.
Dejamos las cosas y con paso ligeramente apresurado llegamos a la habitación. De reojo, noté cómo empezó a desabotonar la camisa. Supongo que notó mi sorpresa.
—¿Me prestas algo más cómodo? dijo casi apenado.
Sin zapatos y con la camiseta rosa mexicano sonrió y se tumbó en la cama. Me deshice de los tacones, estiré la frazada y me acosté a su lado. Como si nada hubiera pasado estabamos ahí, los dos, uno frente al otro, bien metiditos bajo el sarape. Hablabamos casi con prisa.
La inercia natural hizo que mis pies se metieran en medio de los suyos, su muslo se enganchó con el mío como tratando de recordar aquella mejor manera de ocupar el mismo espacio, deslizo su brazo bajo mi nuca y dejamos que su nariz rozara la mia. Cerré los ojos y aspiré su aliento. Estaba a punto de caer.
La memoria me traicionó y el estómago se me hizo chiquito al reconocer como mío ese olor de hace tantos siglos.
Abrí los ojos, parpadeé mientras me miraba fijamente. Reconocí el color de sus ojos, las cejas despeinadas, el color de su piel y la mueca de lado. Sonrió y murmuró un tequiero como sin darse cuenta, como no queriendo. No respondí.
Acomodé la cabeza y me quedé dormida durante casi dos horas. Me perdí entre los brazos del Conejito que quizá mejor me conoce en todo el mundo mundial. Y al que, en ese momento, estaba desafiando.
Cuando abrí los ojos estaba poniendose de nuevo la camisa. Amarró las agujetas de sus zapatos y se dirigió a la puerta. Quiso decir algo pero se lo impedí. Me giré en la cama, subí la frazada hasta el cuello y le sonreí. Lo miré alejarse sin decir palabra. Oí el sonido de la puerta al cerrarse. Y me sentí aliviada ante su ausencia.
Su segura servidora, La Conejita de Indias había pasado la prueba de fuego: el Conejito de Miura ya no haría daño porque esta vez fui yo quién no quiso detenerlo.
Ilustraciones: Jordi Labanda
ABUELITA DIME TÚ (Playlist: Heidi)
Pocas certezas tengo en la vida. Una de ellas, es la de los domingos en su casa. Está ahí, sentada. Al acercarme reconozco ese olor característico: Trèsor. Desde hace años, todos. Desde hace una vida. Casi siempre me siento a su lado y meto la cabeza cerquita de su cuello. Entonces me toca la cara y da dos o tres palmaditas en mi mejilla. Siento el frio contacto de sus anillos.
Tengo como ella, un lunar en la barbilla y la vieja costumbre de tener un refrán para cada situación. También llevo a cuestas una variación de su nombre. Y aprendí, de ella, a conservar obsesivamente las uñas pintadas y soltar un ¡carajo! como agua que va.
Durante todo este tiempo, sólo reconozco mi hogar al abrir una puerta y escuchar campanillas. Sólo tumbada en el sillón del despacho miro, sin culpa alguna, las telenovelas de la tarde.
Hace unos meses, sin embargo, la vida cambió: hay menos refranes y más rezos, menos risas y más murmullos a su paso. Hace unos semanas, que ya parecen siglos, todos nos miramos a los ojos, parpadeando velozmente para que no se nos cristalicen.
Hace sólo unos días, me senté a su lado con unos cubos de colores y jugamos a hacer edificios, un pato y una vela. Y mientras yo hablaba compulsivamente, haciéndome creer que este era un juego de adultos y no de viejos a los que tratas como niños, ella no dijo nada. Armó pacientemente la última pieza y me la entregó en la mano, como aliviada de cumplir con mi tremenda estupidez. Sonrió y se levantó dejándome con toda la tristeza a cuestas. Con la certeza, de ella y mía, de que me queda menos tiempo. A mí y no a ella. Poco, muy poco tiempo para darle los besos que todavía tengo guardados. Para preparame a una vida que no concibo sin olor. Para que empiece a acumular las lágrimas que no me alcanzará la vida para llorar completas.
POR VOLVERTE A VER (Playlist: Dyango)
El speech es el mismo. Nada más cambia el interlocutor:
—Mi queridísima Conejita, entre tu y yo siempre habrá algo que nos una. Bla, bla, bla.
Esa vieja historia del lazo invisible de ‘ombligo a ombligo’, de las tardes de empiernamiento que uno no pasa así nomás al cajón de los olvidos, de la amistad profunda que se formó, así por abajito, casi sin darnos cuenta, entre beso y beso. Y hasta por mi infinita e increíble capacidad de entender que las cosas, un día, así sin más, se acaban.
Será el sereno, pero siempre, uno a uno, han terminado por regresar. Desde Conejito Filósofo, atormentado amor adolescente que reapareció al paso de muchos años para caminar juntos por las calles neoyorquinas en pleno maratón.
Lo hizo también Mi Conejito Napolitano, meses después de la brutal ruptura, con una cita en la cubanísima isla del Caribe. Una cita sólo que nos dejó borrachos de besos, calor y ron.
Y si de cuenta se trata, siguen faltándome dedos para ponerle números a los recuentos con el Conejillo de Miura. Una y otra vez. Algunas con pretexto, en otras ni siquiera hubo necesidad de inventarnos alguno.
¿Qué tal la reaparición de Mr. Perfect Bunny? Después de casi un año de silencio y distancia, un dia sonó mi teléfono. Pasaba que se había dado cuenta del tiempo dejado pasar.
Y así, hace apenas unos días aparecí sentada en un patio, al borde de una fuente colonial y hasta el sol que ese día decidió amanecer bonito. Junto a mí, el Conejito de turno, estresadísimo, relataba el mismo speech. Casi casi acomodando las comas y los puntos en el mismo lugar.
En algún momento dejé de escucharlo y me limité a mirarle los ojos negros, más negros en los que me he visto. Y esas cejas (cómo diría Papito Bose). Parecía tan convencido del argumento como los anteriores. Se había aprendido el guión a la perfección. Una tras otra le salieron las frases, detenidas apenas con alfileres. No tenía sentido —como bien tiene la costumbre esta Conejita— contradecir, cuestionar, confrontar. Al fin y al cabo, un dia, dentro de muchos siglos, volverá a sonar mi teléfono. Sólo para medir el espacio que no dejamos entre piel y piel.
Ilustraciones: Jordi Labanda
CORRE, CONEJITA, CORRE
Miercoles Febrero 07th 2007, 1:03 am
Archivado en:
Conejita
En una sobremesa donde abundaron los tequilas aseguré que si Rulo los aguantaba, yo no podía quedarme atrás. Total –pensé ante la propuesta de correr la carrera Nike– ¿cuánto pueden ser 10 kilómetros?
Ya muy apuntada, convencí con dos aleteos de pestañas a Roberto, un maratonista clavado, dispuesto a guiarme en la aventura. Tenía diez semanas para lograrlo. El tiempo suficiente para mi aliento fumador.
Dos días después, a las 5.30am sonó el despertador. Extendí el brazo, tiré el vaso con agua sobre el buró y apagué el tintintin incesante.
–¿Estamos todos locos? pensé. Nadie se levanta a esta hora a correr.
Al verme, Roberto abrió los ojos como platos:
–¿Así vas a ir?
Mmmm ¿Qué tenían de malo mis pants gris-pijama con resortito en los tobillos, la camiseta holgada rosa bebé y la “donita” en el pelo?
Al llegar obtuve la respuesta. El Sope reventaba de corredores fashion: niñas en perfectas mallas licrosas, tops dri-fit, bandanas ergonómicas y ipod nano en el brazo; ellos se movían en shorts holgados, t-shirts de la última carrera conquistada, Polar en la muñeca y tenis ultratechies. Eso parecía más un desfile de modas mañanero que un lugar para ejercitarse. Y yo, la elefantita de Disney a punto de ponerse de puntitas en la pista.
Ya en movimiento, el aire frío se me metió por la nariz. Después de 13 minutos exactos, escupía el pulmón, tenía la cara roja como un tomate y la cabeza a reventar. Ya por desfallecer, chequé la distancia: 2 kilómetros. Entré en pánico: los diez serían imposibles.
Pero como cada nueva adquisición merecía ser presumida en la pista, continúe el entrenamiento en riguroso desorden. Tres, dos, a veces una o ninguna a la semana en un proceso directamente proporcional a mis visitas a tiendas deportivas.
La noche antes de la carrera me comporté como un atleta: cené pasta, tomé todo el potasio que se me puso enfrente y un antigripal, recomendado por mi doctor en un secreto que me llevaré a la tumba.
Luego acomodé el outfit sobre la cama: camiseta amarilla, short negro XS que me quedaba cual prima hermana de Ninon Sevilla, calcetines que se secan solos, tenis conectados al ipod ultracargado con la música de impacto –Kpaz de la Sierra incluídos–, llaves de mi casa y un billete de 200 pesos. El futuro estaba a punto de decidirse.
Me presenté en la pista. Eran las 6am y llovía. Seguro me estaba volviendo loca. Ocupé una de las primeras filas con los corredores DOC que se empujaban para obtener el mejor lugar en la línea de salida. ¿Pero qué necesidad? Junto a mí Benny Ibarra, Celina, Barbara Mori y Chema Torre, muy tranquilos, calentaban y saludaban a las cámaras.
El disparo de salida sonó. Me pasaron por encima kenianos y chilangos dispuestos a romper sus propias marcas.
Al kilómetro 2 empecé a sentir los estragos del cigarro.
Por ahí del kilómetro 3 el sudor dejaba tremendas marcas en la camiseta mientras a mi lado Bárbara, divina, corría con lentes oscuros, moviendo las caderas como si fuera reaggeton.
-Bitch, pensé. Es perfecta hasta en estas condiciones.
“Pero te vas a arrepentir” sonaba en mis oídos cuando llegué al kilómetro 4.
A unos cuantos metros vi la entrada al puente de parque lira. Kilómetro 5. La gente en las banquetas aplaudía. Un dj agitaba el puño mientras mezclaba. Yo estaba a punto de tirar la toalla.
Más adelante estaban los centros de abastecimiento. Cual atleta en maratón decidí hacerlo con estilo. Me acerqué y me entregaron una bolsita con agua. Arranqué una esquinita con los dientes y sorbí desesperada. El agua entró en mi garganta de un chorro, escupí y comencé a toser. Esto no estaba siendo glamoroso.
En el kilómetro 7 las piernas empezaron a fallar. La rodilla rechinaba y las pantorrillas parecían estar en llamas.
-Eso, pensé. Este es el momento en que caigo desmayada y me despegarán como estampita del pavimento.
-¡Vamos vamos, campeona, tu puedes! gritaba Roberto mientras me rebasaba. Sonrió, me guiñó el ojo y siguió corriendo.
Apenas un kilómetro después se acabó toda mi buena voluntad.
-¡Al carajo la carrera, las metas y los logros!
Bajé el ritmo, abrí la boca y aspiré bocanadas de aire. ¿Pero qué nadie veía que me estaba muriendo?
A punto de desertar, la gente se arremolinaba a los lados de la pista. Cada vez se oían más aplausos. Alcé la vista y ví la Diana, la meta.
-¡Guey! estoy a punto de lograrlo.
Besos, manos, gritos. No faltaba más de un kilómetro.
Busqué desesperadamente en el ipod mi powersong. El espíritu popero no me abandonaría ahora..
“empiezo a caer, empiezo a entender que nada vale la pena sin miedo a perder…”
Ahí de frente estaba el reloj. Con dificultad logré distinguir.
1hr. 2min. 56seg… 57seg..
“espérame corazón.. no vueles que sigue siendo hoy..”
58 seg.. dos pasos más.
“para que un día nuestras promesas se hagan verdad todas bajo el sooool.”
59 seg… un paso.
1hr. 3min 0seg.
Alcé los brazos y grité fuerte. Ningún conocido respondió. Me faltó público, pero juro que llegué en un honroso lugar 13,191. Admitámoslo. Pude haber muerto en el intento.
CITA A CIEGAS (Y EGO MALTRATADO)
Martes Enero 09th 2007, 2:50 pm
Archivado en:
Conejita
«Un blind date a los 30 no significa que sea una solterona. Y en cambio —pensó la Conejita— podría tratarse de la oportunidad de mi vida.»
No sonaba mal, muy a la Sex and the City …aunque tampoco bien para el orgullo. Gracias al consejo de un amigo de la amiga de mi primo, me inscribí en www.speeddatesclub.com, donde me juraron conocería a personas “de un cierto nivel” en citas de sólo siete minutos. Como para gente con mi ritmo de vida, me dijeron, que no están dispuestos a perder su tiempo a la hora de buscar pareja.
Llené la solicitud en línea y me dieron fecha. El día indicado, con diez minutos de retraso y muy entaconada y producida, corrí a la entrada del restaurante condesero donde me esperaba muy mona la hostess en pañoleta roja y camisa blanca.
A la entrada me dieron el “kit de bienvenida”, muy rojo con blanco, que incluía gafete con nick, libretita, preguntas sugeridas, un sobre y una pluma. Me sentí en kermesse y noté la primera punzada de vergüenza.
A la izquierda, los hombres: en la barra, sin mirar a las mujeres; no hablaban ni entre ellos. A la derecha, ellas, relajadas y platicadoras; y hacia ellas caminé. La de pelo negro nos juró que la inscribió una amiga. Sí, ajá. La pelirroja regordeta y con producción detalladísima dijo que era la segunda vez que venía y estaba «increíble; voy a regresar hasta que consiga alguien… una amiga se casó con estas citas». La de pelo corto estaba nerviosa y casi ausente; me recordó a Lupita Lara de Mi Secretaria.
Entonces lo vi en la barra… Brazos de campeonato, delgado, alto… ¡Guapo! Lo miré a los ojos y sonreí. Esto no me lo esperaba. Como tampoco me esperaba que Lupita Lara se sentara con él para su primer encuentro de siete minutos. Con rapidez mental inaudita, deduje que si yo era la última, nos tocaría juntos dentro de 63 minutos.
En cambio, me tocó el joven de ojo claro y saco beige. Muy platicador, condesero y dedicado a las finanzas, coincidimos en el gusto por el billar y el “ultrapop”. Sonó la chicharra: tiempo trascurrido. Pero hubo clic.
Siguió el hombrecito de pantalón a rayas y cabello engominado. No era lo que yo buscaba. Durante los siguientes siete minutos me contó que se dedicaba a cosas de la red y tratamos infructuosamente de encontrar puntos en común. Nada. Pero bien como para emergencias.
El tercero fue “el periodista”. Concordamos en los horarios absurdos. Lo demás fue olvidable; aún así, sentí el clic.
El siguiente trabajaba también en algo relacionado con redes e internet. Un verdadero refrigerador, glacial, de más de 1.90. Apenas se sentó y disparó las preguntas sugeridas por los organizadores.
—¿Tu comida favorita?… ¿Tu color preferido?… etc.
¡Nadie hace caso a las preguntas sugeridas a menos que de verdad estés en aprietos! No, no. Next.
Tocó el turno a un morenazo de cabello pegado, perfumado, camisa y pantalón negro, cinturón con hebilla y zapato bailarín boleado. ¡Ja! Pero cuando empezamos a hablar de su maestría en suiza, sus años en el extranjero y la dificultad de relacionarse con la ciudad a su regreso, hubo clic.
Y el siguiente…
—¿A que te dedicas? —me preguntó.
—Soy periodista —dije— y trabajo para una revista.
Lo siento, editores, no podía inventarme nombre, profesión y personalidad para esta misión. ¿Qué tal que aparecía el hombre de mis sueños y como en típica comedia romántica gringa luego me abandona al descubrir que todo era un engaño?
—¿O sea que estás aquí para escribir sobre nosotros y en unos días podré leer lo que opinas de esta experiencia?
Reí un poco, obvie el tema, y rogué a Dios porque los siete minutos pasaran velozmente.
Finalmente, el hombre de los brazos de hierro y sonrisa encantadora se sentó frente a mí. Sabía que me gustaba y lo estaba disfrutando.
—¿A qué te dedicas? —coqueteé.
—Tengo negocios.
Silencio.
—Ah… ¿De qué tipo?
—De internet… y eso.
—Ah…
Silencio.
—¿Está raro esto, no?
—¿Te parece? —dije—. Bueno no tanto. Es una manera de conocer gente, y bla bla bla…
Silencio. Más silencio. Otro trago. Silencio. Rinnng. Salvada por la campana.
Terminadas las citas era hora de llenar el cuadernito con mi selección. Lápiz en mano, salvo al gigante de las preguntas en serie, yo podía ponerle palomita a todos. Incluido al último sólo por guapo. ¿Tan mal estoy que saldría con lo que fuera? Ya viéndome súper selectiva, sólo marqué cinco. Total, sólo me pondrían en contacto con aquel que también me hubiera elegido. ¡Pero seguro que todos!
Al día siguiente, aparecieron en mi mail los “resultados”. Y mi ego se desplomó.
Uno. Uno… ¡Uno! ¡Sólo me eligió uno de los cinco escogidos! ¿Estamos todos locos? ¿Qué parte de mi sonrisa encantadora, mi plática fluidita, mi intelecto y mi autoestima fallaron? ¿Será que Lupita Lara tuvo más éxito sin tantas pretensiones?
Bridget Jo no se desanimó tan fácilmente y ya se anotó para la próxima reunión. Como ella dice: «Para encontrar al príncipe azul hay que besar muchos, hartos, sapos.»