CONEJITA EN PUJA
Jueves Julio 17th 2008, 4:05 pm
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Columnita
Una subasta donde se darían cita Tamayo, Rivera, Kahlo y Coronel parecía el lugar perfecto… para encontrar marido.
¿Qué se pone una Conejita para asistir a una subasta de arte donde va a conseguir marido? No podía parecer escapada de una boda, pero sí classy porque el asunto era en las Lomas, y no tan seria porque se trataba de arte con-tem-po-rá-neo.
En mis mejores tacones llegué a la cita en Monte Athos, en las Lomas. Un señorcito muy propio me recibió en la entrada con un «El catálogo tiene un costo de 200 pesos». ¡Ouch!
—¿Va a querer un paleta? —me dijo otra de las señoritas de traje sastre negro.
—¿Cuesta? —dije ahora muy precavida.
Me explicó todo aquello de dejar un voucher abierto o un cheque a cambio de la dichosa paletita con un número. Aquí nada de alzar la mano en balde: eso siempre es pujar.
En la concurrencia había de todo: estudiantes de arte moderno que no paraban de anotar en sus cuadernos, parejas guapísimas donde era obvio que ella estudió Historia del Arte en la Ibero y él, Administración. La señora que llevaba a su “asistente-asesor” que estudió arte en La Esmeralda. Grupos de señoras rubias con peinado de salón que prefieren ir a subastar a Luis G. Morton que jugar canasta. Señores muy trajeados, otros alternativos, de pelo largo. La típica señora que —desde el divorcio— compra en Costco, pero sigue asistiendo a los eventos de alta sociedad. Y por supuesto, las socialités con bolsa y zapatos Bottega Veneta.
Los cuadros iban y venían.
—Tengo 50 mil. ¿quién me da 55…? ¿Usted señor… usted lo quiere… me da 55? —decía el martillero.
Y como en las películas, el martillo caía con un grito de «¡Vendido!». Había palmaditas en la espalda, sonrisas, gestos de triunfo.
De pronto se abrió la subasta de una escultura de Felipe Castañeda —nada como para llamar a casa. A mi derecha, una mujercita —tampoco como para llamar a casa— se acercó lentamente al oído de su marido y susurró:
—Me la compras, me la compras… —mientras le jaloneaba la manga del saco.
Sin replicar siquiera, el señorcito entrado en kilos empezó a levantar la puja:
—350 mil a la uuuna… a las doooos… —el martillero sentenció: ¡vendido!
Me quedé sin habla. Y ardidísima. Alguien aquí me tiene que explicar ¡qué le hizo!
Unos minutos después lo destaparon. Era por eso que estábamos aquí. Lo vi y casi me da un infarto. Demonios, enfrente de mí, ahí, cerquita, a unos metros, estaba La Mujer en Cuarto Azul de Rufino Tamayo, propiedad de una dama. Óleo sobre tela firmado y fechado.
—Pido tres millones.
Nadie levantó la paletita. El martillero continuó con la subasta y dejó ir igualmente a uno de los más esperados, un Pedro Coronel por el que nadie quiso desembolsar millón 800 mil.
Pasado el susto, se abrió la subasta por el Retrato de Mariana Yampolsky de Pablo O’Higgins. Precio de salida, 150 mil pesos.
De pronto, un señor interrumpió:
—Ese cuadro no puede venderse porque mi exesposa no puede acreditar la propiedad.
Silencio absoluto. Murmullos en el salón.
Mientras los anfitriones le pedían amablemente que fuera a resolver sus problemas maritales —y económicos—, se levantó y tomó de la mano a una jovencita. Se escuchó otro murmullo. La “nueva” acompañante salió con una sonrisa triunfal.
El evento estaba poniéndose buenísimo, aunque no para mi objetivo amoroso. Todos aquí estaban acompañados o interesados en ¡comprar arte! Y yo mientras me moría de hambre. Así que en el total desencanto me acerqué a la barra y puse en una servilleta muchísimos bocadillos, tomé una copita de vino y me dispuse a comer recargadita en la pared. De pronto se escuchó:
—¡Ahiiiií! —era el grito de uno de los hombres que señalaban los cuadros, mientras movía una enorme paleta por encima de mí.
Todos voltearon hacia donde yo estaba. Me paralicé con medio sándwich en la boca, otros tres en la mano y los ojos muy abiertos. ¿Por qué todos me estaban mirando?
—Tengo 25 mil… ¿quién me da 30 mil?
¡Estaban subastando el cuadro justo detrás de mí! Si en algún momento pensé que quería que alguien me notara, esta fue la peor manera. Por fortuna el cuadro se vendió de inmediato.
Casi cuatro horas después, justo para terminar la subasta, propusieron volver a pujar por un cuadro que no había sido vendido: Personajes de Pedro Coronel. Precio de salida, un millón 800. La mujercita malencarada volvió a tirar la manga del regordete de su marido. Yo no podía creerlo. Él asintió con la cabeza y levantó la paletita.
—Vendido.
Joder.
BRIDGET JO HA REENFOCADO SU ESTRATEGIA EN LA BÚSQUEDA DEL MARIDO RICO QUE LA MANTENGA. ATENIÉNDOSE A LAS LEYES DE LA OFERTA Y LA DEMANDA, SE PONE EN SUBASTA ¡A PUJAR!
EL CUERPO DEL DELITO
La promesa de reducirme más de 50 centímetros en todo el cuerpo era motivo suficiente para exponerme a cualquier invento. Costara lo que costara.
—¿Prontobella? —me dijeron al otro lado de la línea.
Les dije lo que han de oír de muchas mujeres. A todo me dijeron que sí. Las mujeres a veces creemos todo.
Un hilito de envidia me recorrió en cuanto me recibió Gabriela, la argentina dueña del lugar. Rubia, alaciado perfecto, jeans entallados, tacones de vértigo y buen cutis. La edad era lo de menos. La garantía de sus servicios estaba en la talla de sus jeans que seguro eran de la mitad que los míos. (No hay nada peor que ir con una nutrióloga gorda.)
Después de explicarme el tratamiento detallito tras detallito, tocamos de manera muy superficial aquellito del precio. Finalmente esas eran minucias.
—¿Tienes dos horas para aplicar la primera sesión?
La posibilidad de tener 10 centímetros menos para mi date de esa misma noche era una oferta que no podía rechazar.
Pasé a un vestidor de madera wenge. El aroma en el aire era fresco. Me puse una suave bata de baño de nido de abeja y unas pantuflas. Por fortuna —o quizá terriblemente bien planeado— no había espejos alrededor. Varias señoritas todas ellas muy delgadas en su batita azul, revoloteaban a mi alrededor ofreciéndome un te y preocupadas por mi bienestar.
Pasé a la primera cabina donde de inmediato me pidieron desnudarme y ponerme sobre una camita de masaje. Eso no es sexy: el hecho de compartir el genero no implica que quiera que vean mi piel de pollo, las venitas azules y las marquitas de celulitis bajo la luz blanca. Cerré los ojos. La música new age y el masaje shatsu me relajó. Casí caí dormida. No sabía cuanto iba a costar esto pero volarle dos horas al dia empezaba a tomar sentido.
Estaba yo en actitud casi de meditación cuando apareció la niña de la batita con tremendo cepillo de cerdas naturales. Tomó una de mis piernas y empezó a pasarme el cepillo con firmeza de arriba a abajo. No sabía si reír o llorar. Me sentí un auténtico pura sangre.
Con la piel cosquillosa por el cepillado, llegó el momento de la medición. Fue anotando la circunferencia —muy distinta a lo que yo pensaba— de mis brazos, piernas, tobillos, caderas. A cada número que veía en el papelito renegaba muchísimo de los chilaquiles del desayuno.
Unos minutos después apareció con una cubeta humeante e inició el vendaje cual auténtica momia egipcia. Me rodeó desde el tobillo, presionando para moldearme el cuerpo. Con sus brazos delgaditos hacía tremendo esfuerzo. Se puso roja, gotitas de sudor le perlaban la frente mientras intentaba meter mis carnes entre venda y venda. Le siguió el traje térmico o lo que es lo mismo uno de esos pants enormes de plástico que usan las señoras gordas para correr. Meterse ahí fue una aventura sin poder doblar los codos y las rodillas. Caminando cual robot pasamos a la siguiente sala. En medio de la habitación estaba ella: la maquina del deseo. Una especie de cápsula espacial que se abrió misteriosamente al presionar un botón.
Ahí dentro estaba la realización de todos mis sueños. Entré como Dios me dio a entender. Se cerró la cubierta dejando solo mi cabeza y cuello fuera. Una pantallita frente a mis ojos pasaba imágenes relajantes: bosques, oleajes, delfines, ese tipo de cosas.
—Con 30 minutos es suficiente —dijo—. Relájate.
Bajó la luz y el interior del aparato comenzó a vibrar —para estimular los riñones y la depuración de toxinas, dijeron— y a emanar vapor. Estaba, literal, en una olla de tamales y envuelta como uno oaxaqueño. Mientras sentía el sudor escurrirme por ¡todos! los rincones, supuse que modelos, actrices y socialités se sometían a estas experiencias con tal de obtener un cuerpo de campeonato. Y no estaban tan quejumbrositas y con sentimientos de culpa como yo. Pasados 15 minutos aquello empezaba a complicarse. Contaba los minutos en la pantallita… 13… 11… 9… El calor era tremendo y yo sentía que me derretía. 7… 5… 3…
«No, no —pensé—, estar aquí metida envuelta en plásticos, vendas y menjurjes no me hace menos inteligente.»
Al salir, el frío me erizó la piel. Como en un ritual sagrado, me retiraron las vendas. La expectativa crecía. Esperaba verme con un cuerpo nuevo. Tomó la cinta métrica. Tuve miedo.
98… 69… a cada cuadrito rellenaba con un numero nuevo. Consistentemente menor que el anterior. Uno aquí.. dos allá… casi cuatro aquí…. En total 16.. ¡16 centímetros menos en todo el cuerpo! El milagro había sucedido. Salí caminando como una princesa. Era yo una amazona, una cazadora y mi date podía darse por vencido. Mis centímetros menos me convertían en la reina. Firmé por esos centímetros menos, con tarjetaza a doce meses sin intereses. No quise saber si los recuperaría al tomar el primer vaso con agua.
Bridget Jo nos jura que esto no fue un infomercial, aunque ha tomado una actitud de presentadora del nuevo método milagroso para bajar de peso que a veces en la redacción buscamos el control remoto a ver si cambia de canal.
CONEJITA ON ICE
El lunes después de la inauguración de la pista de hielo —a primera hora de la mañana— estaba ya con el teléfono en mano. ¿Quieres venir a patinar? dije.
Mi primera opción fue el Conejito PR para acompañarme en la aventura. Alto, guapo, cosmopolita y cool: era la mejor opción para deslizarse a mi lado, sobre la superficie helada, rodeados de vapor de agua. Casi como en un cuento de hadas.
—No puedo, princesa. Tengo que trabajar. Me hubiera encantado porque soy campeón de hockey sobre hielo.
Menos mal, pensé. A mi nadie —ni siquiera el galán en cuestión— me iba a opacar en la aventura. Ante la negativa decidí llamar a las conejitas del resto de mi agenda telefónica. La respuesta fue entusiasta: la Conejita Intrépida no lo dudó ni un segundo y aceptó.

Obvio, antes había que superar un obstáculo crucial: el outfit adecuado. Aunque mis mallitas y tutú era gran opción, tuve que declinar por cuello de tortuga de cashmere, pantalones cargo y chamarrita negra, ultra deportivos, tecnología dri-fit, bufandón al cuello y grandes lentes oscuros. Estaba lista para el Gran Slam, aunque sólo fuera a la plancha del Zócalo de la ciudad.
Ante la primera gran fila, aplicamos la sonrisa conquistadora. Al igual que yo, otras 1,423 personas más, pensaron que nadie patinaría en la mañana de un día laboral
—Poli… ¿es por aquííííí? dijimos mientras pestañeábamos lánguidas.
—No, señoritas –contestó- la cola empieza allá. Mientras señalaba un punto en el horizonte lejanísimo.
Al ver nuestros ojos tipo gatito de Shrek abrió un espacio y nos coló en la ventanilla para recibir las pulseritas verdes de acceso. A las 12 en punto teníamos que estar en la puerta de entrada a la pista. Con una nueva estrategia de Conejitas tontas-tontas nos instalamos listas-listas a mitad de la fila. Obtuvimos nuestros patines nuevecitos. Casi flamantes. Y nos aventuramos hacia la entrada.
Me paré en la puerta de acceso. Ahí de frente estaba “luminosa y bella” una enorme pista de hielo. Casi infinita. Yo, a este punto, recordé que no sé patinar en hielo. La Conejita Intrépida se deslizo sobre la pista. Un metro adelante me hacía señas. Los instructores me animaban y detrás una fila infinita de impacientes “patinadores” me apresuraban.
Puse la primera lama de hierro sobre la pista, con una mano me aferré a la barrera y con la otra apretujé el brazo del instructor, clavándole las uñas en los bíceps. Puse la segunda lama sobre el hielo y sentí mis pies resbalarse sin control. Demonios. ¿Éste era el deporte invernal por excelencia?
Ante mi ignorancia, los cientos de instructores, los polis en patines y hasta los paramédicos on ice se desvivieron en indicaciones: inclina el tórax, flexiona las rodillas, estabiliza el peso, cambia tu centro de gravedad, utiliza los hombros como volante, cierra los puños, frena con la lama, no te agarres de nadie. ¡Joder!
Con una gran habilidad —como si hubiera formado parte del elenco de Los Pájaros Patinadores—, empecé a deslizarme por la pista. Volteé a todos lados. Nadie a mi alrededor era un experto patinador. Es más, todos reían mientras caían como pinos de boliche. Yo también reí. Por primera vez, esta conejita no era la única de movimientos disconexos.
En la pista parecía que se llevaba a cabo un desfile de modas sui generis: mientras por un lado patinaba un punketo con mohicana, por otro hacían piruetas algunas loquitas patinadoras, no faltaba uno con abrigo y peluche en el cuello en contraste al chavito en bermudas. Decenas de escolares, de faldita tableada, disfrutaban de “la pinta” al igual que el oficinista en traje y corbata. Esto es lo que yo llamo, un deporte incluyente.
El resto de la hora se convirtió en una carrera de obstáculos. El objetivo no era no caerse, sino lograr que no te tiraran. Me dediqué a esquivar con la gracia de una hipopotamita de disney a todos los que iban rebotando sin cesar. Y a mi paso veloz, obvio, varios resultaron lesionados.
La música sonaba: Christina Aguilera seguida de un “Bella, bella, velludita” le ponía saborcito a la experiencia. En las gradas el público saludaba. Me sentí campeona olímpica. Tomé de la mano a La Conejita Intrépida, nos detuvimos al centro de la pista, agitamos un brazo por encima de nuestras cabezas y sonreímos a los espectadores. Sólo faltaban las rosas cayendo.
Después de 45 minutos, en pleno medio día, el calor era infernal. El hielo parecía derretirse, la pista estaba mojadísima y mi bufanda, cuello de tortuga y chamarrita no habían sido la mejor opción. Parecía tamal en olla: estaba empezando a vaporizar. Por si fuera poco, los patines, durísimos, me torturaban los pies.
Decidí que era momento de terminar la experiencia. Patiné triunfal hacia la salida mientras sonreía a los cientos de espectadores. El saldo era blanco: mi colita de peluche había logrado salir seca, sana y salva sin tocar el hielo. Ahora sí, podría repetir con el Conejito PR experto patinador en hielo.
CONEJITA ENCUENTRA CONEJITO
«Cuando lo conozcas, no volverás a salir de tu casa ni a necesitar un novio», dijo La Judía Solterísima casi como una confesión. Yo, pensé, iba a seguir su consejo a pie juntillas.
En aquella cena empecé a sentirme fuera de lugar. Todas, sin excepción, conocían al famosísimo Rabbit. Habían tenido algún encuentro divertido, exótico o desastroso con él. Movían las manos, lo describían con pelos y señales, reían ruidosamente mientras el mesero buscaba cualquier pretexto para acercarse a la mesa. No quería reconocerlo pero las descripciones sonaban atractivas:
-¿Pero o sea, cómo.. no entiendo… cómo es? pregunté con ingenuidad.
-¡Uff! Maravilloso, decían, como para perder la cabeza. Seguro ya lo has visto.
¡Obvio no! A pesar de haber ido más de una vez a una sexshop no tenía ni idea de cómo era el artefacto este. ¿Cómo demonios la mismísima Conejita de Indias resultaba tan naive?
Al siguiente fin de semana no resistí más. En el desayuno con La Mejor Amiga, liberal e iniciadísima en el tema, lo solté.
-¿Sabes qué es eso del… mmm conejito.. no sé… que vibra?
-¿El Rabbit? casi gritó con todas sus letras. Está buenísimo.
Sin pensarlo un minuto más, llegamos directito a SexEmporium en la Roma. Las enormes vitrinas, rodeadas de neón, con disfraces de camarera y mujer policía, no me estaban ayudando en el asunto.
Titubeé. ¿Qué parte de evitar una sexshop cerca de mis propios rumbos no había entendido? Mi amiga no se detuvo ni un minutito.
—Ven, ven, vamos, decía mientras me arrastraba. Miré con rapidez a ambos lados de la calle y entré.
Dentro actué con gran maestría: recorrí los pasillos de disfraces mirándolos como vestidos de diseñador y pasé la mano sobre lubricantes de todos colores y sabores mirando con aires de grandeza.
—Ay obvio, este es termoactivo. Eso del calorcito es lo de hoy. dije
Entonces sucedió justo lo que me temía: una señorita de lo más mona se acercó con la típica pregunta
—¿Buscabas algo?
Con las mejillas rojísimas intenté contestar como si nada pasara.
—Eh no.. estamos viendo… bueno sí… no sé.. me dijeron de una ¿cosa?..
¿Cómo diablos se le decía para seguir siendo políticamente correcta? ¡¿dildo… vibrador… conejito?!
Sonrío casi condescendiente y soltó su letanía casi sin respirar:
«Aquí están los dildos. De este lado están los manuales por si estás empezando, aquí tenemos los que funcionan con pilas para quien le gusta la vibración, los hay pequeños, como de bolsillo, a la izquierda están los de doble función para la estimulación anal, de aquel lado tenemos los aros, las vaginas de látex para tu novio y… ».
Para ese momento yo estaba al borde del paro respiratorio. Joder. ¿Teníamos que hablar del asunto con tanta… familiaridad? ¿Y vamos, si tuviera un novio estaría aquí metida? Chale. Tanta atención me ponía muy nerviosa.
Mientras tanto, mi amiga se divertía horrores tocando todos los productos que tenían un agujerito en la cajita con la leyenda “Try Me”.
—Ven ven.. toca.. está buenísimo me decía saltando de aquí para allá
¡Obvio no! Por más que trataba de mantener la compostura, no podía ni pensar en eso de meter el dedo para comprobar si la textura del aparato en cuestión era la adecuada o no.
Finalmente, me enseñó la sección de los Rabbits, que de conejitos y estéticos tenían muy poco. Una tras otra, abrió las cajitas. Falos azules, morados, transparentosos y en su versión natural. Cada uno con un movimiento increíblemente sofisticado.
—Rabbit, decía como en clase de Biología, además de vibrar y alcanzar directamente el punto G, tiene unas “orejitas” que estimulan el clítoris.
Lo tomé y abrí los ojos como platos. Era enorme, rosa y ¡se movía!. Con más de 20 velocidades dirigía las orejitas, la colita y el cuerpo entero en distintas direcciones al compás de un montón de luces que prendían y apagaban con ritmo de antro. Joder, pensé, a esto sólo le falta la sirena.
Muerta de la vergüenza fui al mostrador. Con cierta impaciencia saqué la tarjeta de crédito. Era tal la prisa que a la hora de ver el voucher no pude ni replicar: ¡$1300 pesos! Tragué saliva y firmé. A ese punto no me iba a poner a buscar algo más baratito.
Con la bolsa negra entre la manos, como con un tesoro robado, llegué a casa. Me senté en la cama y abrí el paquete con la emoción de una quinceañera. Puse las pilas, lo coloqué sobre el buró, apreté un botón y miré curiosa. Se movía mientras destellaba por todos lados. ¿Dónde jodidos iba yo a guardar el juguetito este? No pude evitar pensar en la señora de la limpieza. Arrugué la nariz. Apagué el aparato. Me metí a las sabanas, me tapé y cerré los ojos.
—Esta noche no, me dije.
Creo que necesito tiempo para acostumbrarme a la presencia de mi nueva “mascota” en casa.
Ilustraciones: Arthur de Pins
La Conejita no supo cómo justificar el cargo de 1300 de “sexalgo” en el estado de cuenta que su mamá jura que está equivocado.
CENA A CIEGAS.. ¡PERO EN SERIO!
Me habían dicho que esa cena sería una experiencia que no olvidaría jamás. No se equivocaron… ¡qué cosa!

Que la cosa fuera oscuras parecía un detalle poco importante: la “cena a ciegas” era a las ocho de la noche en Le Bouchon y había que estrenar tacones. La reservación me la habían hecho los de www.ojosquesienten.org por recomendación del amigo de un amigo.
Al llegar, el restaurante tenía cubiertas las ventanas con mantas negras. Hey, esto no tenía cara de blind date… Coctelito de Cuervo en mano, esperé en el jardín. Los demás comensales fueron llegando: puro socialité. ¿Estaba yo en una sofisticada cena de beneficencia?
Nos dejaron entrar en grupos de diez en diez. Poco a poco el jardín quedó vacío. La última fui yo. La cosa dentro estaba más negra que mi conciencia. Se oían fuertes voces y risas nerviosas que iban subiendo de tono.
—Ven conmigo —dijo una voz.
¡Ay, ajá! Yo no alcanzaba a distinguir ni mi propia nariz. Obvio, no me iba a mover ni medio centímetro (menos con tacones nuevos). De pronto, a tientas, tomó mi mano.
—Soy Juan —dijo la misma voz—, voy a llevarte a tu mesa.
Al sentir mis pasitos temerosos, aclaró:
—No te preocupes, no hay escalones.
No quise ni imaginar lo que sería un azotón en medio de tanta socialité, aunque fuera a oscuras. Caminé como Dios me dio a entender entre el griterío de los comensales. No sé si porque no medían la distancia del interlocutor o porque a oscuras todo está permitido, pero sonaba como gallinero. Por encima, una voz de mujer les pedía deshacerse de celulares y relojes: nada debía estropear la oscuridad.
Tras un camino que me pareció larguísimo, Juan me presentó con mis compañeros de mesa, me tomó la mano y me la puso en el respaldo de una silla. Ese sería mi lugar.
Cuando se alejó me sentí perdida. Abrí la boca como pececito e hice puchero. ¿Dije ya que no veía nada? Sentada en la orillita, saludé a mis nuevos amigos. No me oyeron.
—Hola, soy Bridget Jo —dije subiéndole dos rayitas al volumen.
Con las manos empecé a recorrer la mesa. Estaba en la cabecera con tres hombres y una mujer. El que tenía acento francés a mi lado hizo una pregunta brillante:
—¿Cómo nos imaginas?
—¡Facilísimo! —aventuré—. Seguro eres rubio, alto, mmm… ¿francés?
—¿Y más allá de los estereotipos? —reviró.Descubrí mi incapacidad para imaginar sus caras. Y mi tendencia a dar por hecho las cosas.
—Mmmm… ¿con barba?
Minutos después sentí alguien a mi lado. Era Juan. Traía el vino y el primer plato. Se trataba de una ensalada con ¿camarones rebosados? Atinarle al plato y ensartar la ensalada no fue tarea fácil. El tenedor llegaba a mi boca sin alimento alguno e iba a estrellarse contra la mejilla y el espacio entre la nariz y el labio superior. A estas alturas de mi vida, no había aprendido a qué distancia del plato estaba mi boca.
Mientras unos trataban de adivinar el color del vino, otros intentábamos distinguir entre camarones y calamares rebosados y algunos simplemente no supieron reconocer el arroz salvaje. Todo, vamos, tenía un sabor “diferente”.
La apuesta ahora era mayor entre el arquitecto de mi derecha y yo: descubrir el postre. Apenas tuve el plato en la mesa, hice trampa: metí la mano. Frío y húmedo: ¡Helado! Bien, ahora tenía los dedos embarradísimos. Debajo le seguía, deduje, un brownie de chocolate. Liberada de todo pudor, dejé a un lado los cubiertos y me zampé con singular alegría el postre en cuestión. Total, aquí ni quien me vea.
Estaba yo en esas de sostener un pedacito de pan esponjoso chorreante de helado derretido cuando se encendió la primera luz ultravioleta. Los parpados se me arquearon en reflejo. En la mesa aparecieron tres hombres y una mujer. Solté el panecillo —que no era brownie sino ¡tarta de higos!— y nos miramos con los ojos muy abiertos. Ninguno se parecía ni tantito a lo que había imaginado. Empezamos a reír.
Con los ojos aún entrecerrados, miré las demás mesas y vi a Juan. Caminaba con paso decidido hacia la barra. De pronto, el hombre de la mesa contigua movió hacia atrás su silla, pero Juan no cambió su ruta: se topó con el “estorbo”.
—Discúlpame —dijo, y siguió a tientas su camino.
Sólo entonces entendí: Juan era ciego. Durante toda la noche había tratado de enseñarme cómo se vive una vida sin luz.
Ilustraciones: Arthur de Pins
((AHORA CADA VEZ QUE INVITAN A BRIDGET JO A UNA CITA A CIEGAS, HACE EL CHISTE DE LLEVAR LOS OJOS VENDADOS. ES UNA PESADA))
¡CONEJA AL AGUA!
Mi inscripción al gimnasio prometía convertirme en la versión femenina de Ian Thorpe. Y de paso encontrarme con cientos de hombres musculosos, húmedos y con poca ropa. O al menos eso decía el folletito promocional.
Llegué a la piscina como las grandes. Pelazo, maquillaje rigurosamente waterproof y discretísimo traje de baño completo fucsia —nunca entendí la prohibición a mi bikini brasileño— que combinaba a la perfección con la gorra de látex y el color de las uñas de los pies, gogles al cuello, havaianas blancas y toalla arrastrando a mi paso. Sabía que iba a impactar.
Al entrar a la alberca rodeada de ventanales empañados, el entrenador me miró con asombro. Obvio, pensé, el outfit estaba dando resultados. Detrás de los ventanales sentí los ojos de otros deportistas encima. En la alberca, varios especímenes hacían su parte.
El susodicho entrenador me pasó la mirada de arriba abajo y dijo:
—Ponte la gorra, métete a la regadera, cuelga tu toalla y regresa. Ah y quítate el reloj y tus pulseritas.
Antes de meterme bajo la ducha, ví desmoronarse mis expectativas con tristeza: ningún hombre que no sea Ian Torphe se ve bien en traje de baño. Tangas, shorts o speedo incluido. Como niña regañada, obedecí a sus órdenes y volví. Tiritando y con la piel de gallina me paré a la orillita de la alberca.
—¿Sabes nadar? Me dijo siempre con ese tonito rudo mientras señalaba el carril del los principiantes.
—Obvio, sí —contesté con fastidio. A mi nadie me iba a meter al carril donde usaban ¡tablita flotadora y manoplas!— nado bien.. supongo.
Este entrenadorcillo me estaba poniendo de malitas. Ante mi temblorina, me señaló el tercer carril. Me pare en la orilla junto al trampolín y lo miré con ojos sorprendidos. ¿No tenía que lucirme con un clavado, cierto? Tampoco iba a aventarme como mujer-bala tepetonguense para sacar toda el agua de la alberca.
Con gran estilo, me senté en la orilla, metí los pies, puse las manos a los lados y ¡splash! entré en el agua cual Silvia Pinal en película sesentera. Me dispuse a seguir sus instrucciones. Dos vueltas de croll.
Pegué los pies a la pared, me puse en posición de nado, sumergí la cara y me impulsé con fuerza.
Brazada… uno, brazada… dos, brazada… tres, giro de cuello, aire, sumergir cara no pude llegar al cuatro cuando sentí que me faltaba el aire. Estaba yo iniciando el nuevo conteo cuando sentí los pulmones reventar. En la brazada… tres, abrí la boca, salieron las burbujas. Giré el cuello, inhalé profundo y sentí el sabor del cloro hasta la traquea. Había dado tremendo sorbo al agua.
—Cof, cof, cof. Por más que traté de disimular me asaltó un ataque de tos mientras escupía agua hasta por la nariz. Otra vez, esto no era sexy. Noté cierta mirada burlona en mis compañeros de carril.
Decidí no dejarme vencer. El segundo ejercicio era una “flecha”: brazos extendidos al frente, sin movimiento e impulsada solamente por mis piernas. Para la segunda vuelta sentí que me hundía irremediablemente como “El Tamal González”. Glu, glu, glu. Me faltaba el aliento y las piernas me temblaban. Era yo un auténtico manatí.
De pronto en la orilla apareció imponente ella: la sirena. Delgada, piernas infinitas, atlética y divina alzó los brazos y se zambulló en el mismo carril que yo sin darme tiempo ni de parpadear. Casi sin salpicar volvió a surgir de la profundidad. El agua resbalaba por la gorra, la nariz y los hombros en cámara lenta. Con tremenda gracia se acomodó los gogles y abrió los brazos. Con los ojos como platos, me detuve. Se impulsó y empezó con un perfecto nado de mariposa. El agua parecía seguirle el ritmo.
Pasó a mi lado, humillándome muchísimo. ¡Joder! Pensé. Si una ya nada de esa manera, ¿qué diablos hace en la piscina de los principiantes?
Miré mi reflejo en los ventanales. Lo que ví no me ayudó ni tantito: los gogles oscuros que me agrandaban los ojos cual sapito, la gorra apretada como un chupón fosforescente en la cabeza y los hombros enormes hacían que me pareciera más a una de esas imágenes de extraterrestres de Maussan que a una sexy atleta olímpica.
Estaba yo en eso cuando apareció el profesor. Por un segundo tuvo compasión de mí.
—Vamos, dijo. No está tan mal. Y me dio instrucciones para las próximas 10 vueltas.
Con el ánimo otra vez arriba, puse todo mi empeño en coordinar respiración —uno, inhala, dos, aguanta, tres, gira, cuatro, exhala¬— con los movimientos de mis brazos, el ángulo a escuadra del codo y las patadas en los pies. A la décima vuelta las cosas parecían haber mejorado.
En punto de las 9 de la noche, sentí una combinación de cansancio y adrenalina. Ojos rojos, garganta irritadísima y con las piernas y los brazos a punto de caer. Miré al profe como gatito de Shrek:
—Eso es todo. Ya puedes irte a bañar, dijo.
Aliviada me dispuse a salir de la alberca. Ya encarrerada puse las manos en la orilla, los codos en escuadra y me impulsé. O al menos eso pensé. ¡Oquelachingada…! Me quedé con el ombligo pegado al borde, los nudillos blancos y las piernitas pataleando dentro del agua. Tras el tercer intento, decidí retirarme con estilo. Crucé los cuatro carriles faltantes. Del otro lado de la alberca y con gran aplomo puse el pie en el escalón. Sentí que todos me miraban. Salí de la piscina, y meneando las caderas, por las escaleras metálicas que parecía que nadie nunca en el mundo mundial había usado antes. Con la primera lección, había dado por terminado mi futuro acuático.
Ilustraciones: Arthur de Pins
CONEJITA CASI FAMOSA (Playlist: La cosa piú bella)
Se trataba de entrevistar a conocido artista popero italiano de visita en nuestro país. Grabadora en mano y muy perfumada —una nunca sabe dónde encontrará al hombre de su vida— aproveché mi buen italiano para hablarle en su lengua natal y quitarme de encima a la chicuela de la disquera que nos vigilaba.
Las manos me sudaban. Al final, tomó mi cuadernito, hizo garabatos y me lo regresó mientras salía. Miré la libreta y me puse roja. ¿Estaba uno de esos programas de cámara escondida? ¡Me había escrito su celular!
Mientras me debatía en el «llámalo», «no, no le llames» y «¿qué le digo al ex?», recapacité: ¿Tenía su número y yo pensando en el estúpido ex que me había abandonado? ¡A la goma! Llamé.
—Ehhh sí… este… mm… Soy la reportera… la de la entrevista de la mañana.
Trágame tierra, pensé. Ahora viene aquello de yo de ti ni me acuerdo.
—Te invito a cenar —dijo de improviso—. Aquí en mi hotel a las ocho —y colgó.
Ahora sí estaba en problemas.
Llegué al hotel y apenas había dado tres pasos cuando escuché mi nombre, se acercó, me dio doble beso y fuimos al comedor. En la mesa, en lugar de flores estaba… ¡toda su banda dispuesta a acompañarnos! ¿Qué esto no era un date?
En menos de tres segundos estaba en medio de un Club de Tobi remembrando sus anécdotas de los últimos 20 años. Yo sonreía a duras penas. ¿Qué estoy haciendo entre músicos italianos, forevereadísimos? Pasaban las 12 de la noche y no había logrado cruzar dos palabras a solas con él. ¿Qué parte de dejarnos solos no habían entendido? Cuando había perdido cualquier esperanza de ligue, él me tomó de la mano.
—Nos vamos a dormir —dijo.
Todos asintieron con naturalidad. Mi hombre empezó a caminar por el pasillo. Yo iba, casi arrastrando, detrás. Pasamos la recepción ante la mirada cómplice de las señoritas.
—Buenas noches, señores —dijeron.
Me encontré con una suite más grande que mi departamento y el de la vecina. El corazón se me salía del pecho. Ahí estaba yo, cual adolescente nerviosita, sin saber qué decir cuando apareció transformado. Descalzo y sin camisa, pants-pijama detenidos casi por un suspiro, canas en el pelo y lentes para ver. Me desmayaba.
—Ya te conocía… hace años. En Roma.
—¿Por qué no me hablaste?
—Porque no me hubieras hecho caso.
—Pero ahora sí.
Me tiró en el sillón y como película romántica —y obvio italiana— empezamos con los besos. Eso del empiernamiento, vamos, fluyó solito. Con vista a Reforma y el bombón enfrente, se me acabaron los prejuicios. ¡Era mi popstar infantil! Entre beso y beso, se me ocurrió grabarlo en mi teléfono y venderlo en millones a una revista de chismes. Pero terminaría enseñando mis cositas en YouTube. Mejor no.
Estábamos ya en el postromance cuando toc toc, se abrió la puerta y entró el personal manager. Ahí estaba yo medio encueradita en el suelo mientras mi popstar hablaba de negocios. El otro ni se inmutó. Recibió los papeles, me miró, sonrió y salió. ¿Así será esto de ser grupie?
A las 5 AM, mientras el susodicho roncaba, me deslicé bajo las sábanas de cien mil hilos de algodón purísimo, me vestí y bajé por el elevador. Miré con complicidad a las recepcionistas.
—Que carguen el estacionamiento a la habitación del Señor Popstar —dije con soltura.
No habían dado las seis de la mañana cuando llamé eufórica a madre, abuela, mejor amiga y obvio, ¡la redacción! Tenían que saber de mi aventura exótica… y capitalizarlo.
Y hubo más: durante toda la siguiente semana lo acompañé en ensayos cantándome al oído, cenas con ejecutivos de la disquera, noches de plática sobre pasados amorosos, besos largos en el camerino. Parecía idílico hasta el final fatal: el Gran Concierto… Él en el escenario y yo en la primerísima fila. Seis mil niñitas gritaban desesperadas. Lanzaban brassieres. Me retiré aburridísima al camerino. Una hora después llegó corriendo. Veinte personas lo seguían, le daban palmadas, le secaban el sudor, lo adulaban. Todos gritaban. Me hice a un lado, mientras cerraban la puerta del camerino. Me sentí florero.
Una hora más tarde, en la cena rodeados de fans que pedían autógrafos y ejecutivos que se felicitaban unos a otros, intenté despedirme.
—¿Cómo? ¿No vienes a Guadalajara?
¿Era una propuesta amorosa o me estaba pidiendo ser oficialmente su grupie?
—No puedo —dije—, tengo que trabajar.
Había nacido La Conejita de Indias.
Ilustraciones: Arthur de Pins
CONEJITA EN PIE DE GUERRA
¿Te atreves o a poco nunca has jugado gotcha? me preguntaron los machos de la Redacción.
–Obvio sí, contesté con la mentira más grande que me llenaba la boca. Nos vemos el sábado a las 8 de la mañana.
Empezaba mal. ¿Por qué había hecho una cita en un horario inconveniente? Y obvio, ¿qué me voy a poner? fue la siguiente pregunta que rondó mi cabeza.
Decidí usar un outfit a la Tomb Rider. Estaba lista para enfrentar cualquier cosa. Sobre todo a una tribu de hombres solos, solísimos, en pie de guerra y sólo para mí.
Desempolvé los pantalones cargo y las botas CAT. Un ligero toque de maquillaje, gafas oscuras y el pelo –perfectamente alaciado– en una cola de caballo completaron el look. Al espejo era la viva imagen de la sexy-ruda Lara Croft y estaba dispuesta a ganar esta batalla.
Llegué a la cita. Más de siete hombres se habían reunido portando pantalones camuflajeados, botas, chalecos, chamarras verde militar y una actitud adrenalínica que no se les veía entre semana.
Y sí. La única conejita era yo.
Llegamos al campo abierto y polvoriento de eXperimenta cargados con un verdadero arsenal. Mientras los susodichos armaban, desarmaban, limpiaban y examinaban cada pieza de los rifles, yo hice la fila para obtener careta y chaleco. Finalmente obtuve un par de prendas húmedas y malolientes resultado del sudor de los equipos anteriores.
¡Joder! Esto no estaba siendo sexy. Ya estaba apestando y no había empezado a correr.
A la hora de la repartición de los equipos, me sentí como en la primaria: con la extraña sensación de que ninguno me quería en su bando. Salieron primero los expertos, le siguieron los más fuertes y resistentes, después los novatos y al final.. yo. Casi como de pilón.
Entramos al campo y empezó la batalla. Corrí como una loca detrás de unos botes. Oía disparos, poing, boing, respiros, susurros y adrenalina. Esperé en cuclillas con las pantorrillas entumidas. Ni siquiera mis clases de Pilates me causaban ese efecto. En algún momento tendría que disparar y no tenía la menor idea de cómo usar el arma. Minutos (¿horas?) después oí mi nombre. Me buscaban. La batalla había acabado y yo no ocupe ni una sola munición.
Para la segunda batalla, prometí hacerlo mejor. Apenas dieron las instrucciones me agazapé detrás de unas llantas, espiaba por un agujero temblando. Al voltear reconocí “al experto?. Me hizo señas y señales que no entendí. Lentamente asomé la cabeza detrás de las llantas. Alisté el arma, y cuando puse el dedo firme en el gatillo… ¡poing! Una pelotita se me impactó a toda velocidad en la frente, derramando un liquido viscoso. Me dieron ganas de llorar.
–¡Aaaay! grité.
–Muerta, respondieron por ahí.
–Váyanse al carajo, pensé.
La siguiente batalla consistía en “robar una bandera de campo enemigo?. Aunque nunca vi la bandera, me dispuse a seguir a los más hábiles. Uno de ellos, de lentes, mirada tiernita y no de mal ver me echó el ojo.
–Tú juegas conmigo, dijo con aire autoritario.
–A huevo, pensé, éste ya cayó
Seguro el hombrecito había notado mi aire a la Angelina Jolie y trataría de entablar conversación en medio de tan sangrienta batalla.
¬¬–Tres, dos, uno.. ¡corran! Y ahí voy detrás del joven de los lentecillos.
–Escóndete ahí, dijo señalando detrás de un árbol. ¡Pechotierra! gritó.
Estábamos los dos, lado a lado y yo buscándole el lado romántico al asunto cuando sentimos un movimiento. Era el último del bando contrario.
–Vas, me dijo.
–¿A dónde? pregunté
– Sal para que te vea y yo dispare.
–¿O sea cómo? pensé Ahora resulta que soy la carnada… Ay ajá,
Su mirada no me dejó replicar. El gesto adusto, los labios en una mueca rígida, el ceño fruncido. ¡Joder! Parecía cuestión de vida o muerte. Y obvio, la muerta fui yo: apenas intenté correr hacia el objetivo recibí una ráfaga de endemoniadas pelotitas que fueron a impactarse directito a mi trasero dejando marcas como de celulitis. Auuuch.
Tras mi heroico suicidio, el jovencillo de los lentes ni me volvió a mirar. Decidí que era hora de emprender la graciosa huída y sentarme en la zona donde una novia aburrida esperaba el regreso triunfal de su peoresnada.
Estaba a punto de quedarme dormida cuando los ví regresar. Uno más sucio que el otro, arrastrando los pies. Por fin, había acabado la guerra. O eso pensé. La testosterona flotaba en el aire y uno tras otro, contaron, recontaron y volvieron a contar sus hazañas en el campo de batalla. Parecían niños de 10 años. Y lo eran.
De pronto, la novia aburrida decidió avanzar, muy coqueta, con caminadito numero tres. Me ardí. La susodicha, a diferencia de esta Conejita empanizada de tierra, con un chichón en la frente y manchas de pintura en la ropa, lucía pantalón ajustadísimo blanco impecable, tacones y top cortito. En el centro, más de 20 se ponían y quitaban uniformes contando sus hazañas con aspavientos. Y ella estaba a punto de pasar por el medio de mi ¡mi! grupo de hombres contoneando la cadera.
Entonces sucedió el milagro. Ella cruzó y mis muchachos apenas miraron de reojo y volvieron a la discusión. Sentí una oleada de orgullo. No había mujer capaz. El gotcha, lo supe, era cosa de niños.
A PEDALEARLE.. QUE LA NOCHE ES JOVEN
Miercoles Abril 18th 2007, 7:32 am
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Columnita
Recorrer la ciudad de noche no debía ser muy distinto a los maratones antreros a los que La Conejita está acostumbrada. ¿Pero en bicicleta?
Ya había escuchado de unos tales “bicitekas? que se aventuraban por la Ciudad en recorridos nocturnos para impulsar la cultura de la bici. La cita me la dio Agus el miércoles a las nueve de la noche en el Parque México. Llegué vestida como para el tour de Francia: mallitas con relleno en el trasero, chaleco sofisticadísimo con cintas reflejantes y foquitos, paliacate al cuello, guantes y casco aerodinámico. No, no. Nada de este atuendo me hacía ver sexy.
Y el tal Agus resultó ser un hombre alto, fornido, de voz profunda y mirada interesante. «¡Cielos! —pensé— no parece un freakie ecológico.»
Estaba a punto de lanzarle mi mirada numero tres cuando apareció su bonita acompañante en bici y recordé que yo, por mi parte, llevaba al mío.
Tras las presentaciones, sugirió una vuelta al parque «para estar seguros». ¿Seguros? ¿De qué? ¡Todo mundo en el mundo-mundial sabe andar en bicicleta!
Una vez trepada en el armatoste supe a lo que se refería. Mi memoria remota me llevó a mis tiernos 12 años, cuando usé por última vez el velocípedo. Con las manos aferradas al volante, me pregunté cómo diablos iba a despegar el pie del piso sin irme irremediablemente de lado. El guapo, su guapa y mi guapo (digámoslo) esperaban mi arranque mientras yo calculaba cuál era el primer movimiento por hacer. Me impulsé, el pedal se movió, las llantas giraron. El volante se tambaleó entre mis manos. La velocidad hizo que mantuviera el equilibrio y avancé por la banqueta de Michoacán. ¡A fuerzas!
Tras la prueba, inició el recorrido mortal entre los automovilistas. Monterrey no fue cosa fácil, Florencia un poco menos y al ver Reforma, renuncié. Bajé de la bici, la tomé por el volante y corrí hasta el pastito.
Sana y salva me encontré con decenas de bicitekas que nos esperaban en las escalinatas del ?ngel: el señorcito con bicicleta de entregas a domicilio con todo y huacal, la viejita armadísima con casco de motociclista, el aclamado precursor del “movimiento? en tandem con bonita extranjera detrás, la chica con cursilón french poodle en canastilla, el papá deportista con hijo preadolescente…
Ya en banda, me sentí menos insegura. Unos delante, armados de radio, se hablaban con los de atrás y nos gritaban desaforadamente: «¡Manténganse a la derecha!»
Yo muy obediente, tenía cuidado de no rozar las llantas de los otros, trataba de mantener una conversación con el galán en turno y me preguntaba para qué diablos servían los cambios de velocidad.
Dos vueltas a la plancha iluminada del Zócalo y seguimos por las calles de atrás: armazones de puestos ambulantes, comerciantes recogiendo mercancía, basura en las esquinas, señoras sonrientes que nos saludaban. No sé cómo, fuimos a dar a Congreso de la Unión, luego Las Torres y hasta la colonia Marte. Mi reflejo en las ventanas de una casa reveló un trasero con relleno más parecido al de un payasito de crucero que al de J.Lo.
Mientras Agus me explicaba el sentido de todas estas iniciativas por una ciudad humanizada donde los autos no son más importantes que las personas, un coche pasó a toda velocidad y nos lanzó un vaso con contenido indescifrable. Me salpico la pantorrilla.
—Chale, ya entendí.
Saqué fuerzas de no sé donde y llegué hasta el túnel bajo el Viaducto. Si la bajada no se veía fácil, menos la subida. Entonces recordé a mi amigo, editor de famosa revista encuera-mujeres:
—Haz spinning y un día te saco en portada y sin necesidad de photoshopeo.
Pedaleé con fuerza y supe que esto no sólo estaba poniendo en forma mi conciencia social, sino también mi trasero.
A las 11:45 todos hicieron alto y yo debí haber hecho lo mismo. Frené con las manos, pero los pies quedaron dentro de los amarres. La bicicleta se tambaleó a la derecha. Abrí la boca. Los ojos como platos.
—Ah, ah, ¡Aaaah!
Tras el estruendo, todos voltearon. Ahí estaba la conejita en horizontal, con las manitas en el volante y los piecitos bien metidos en los pedales.
—No pasó nada —las mejillas se me enrojecían de la vergüenza—. Todo bajo control —hice puchero y abracé a mi acompañante.
Y seguimos la travesía: División del Norte, colonia Modelo, Narvarte, Del Valle… La siguiente hazaña: cruzar Churubusco. Dos ciclistas expertos se pararon a la mitad de la vía rápida, abrieron los brazos haciendo ruido con silbatos y matracas. Los automovilistas se detuvieron sorprendidos. El paso lo habían ganado los bicitekas.
Al filo de la una de la madrugada, mientras todos se dirigían a Coyoacan a cenar tacos, le pedí a mi acompañante que me llevara a casa. Por hoy, la función social de la conejita había terminado.
Con el trasero adolorido, las piernas entumidas y la pantorrilla raspada, Bridget Jo se sintió heroína de las causa perdidas y sin miedo a ser asaltada en la primera esquina.
CORRE, CONEJITA, CORRE
Miercoles Febrero 07th 2007, 1:03 am
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Columnita
En una sobremesa donde abundaron los tequilas aseguré que si Rulo los aguantaba, yo no podía quedarme atrás. Total –pensé ante la propuesta de correr la carrera Nike– ¿cuánto pueden ser 10 kilómetros?
Ya muy apuntada, convencí con dos aleteos de pestañas a Roberto, un maratonista clavado, dispuesto a guiarme en la aventura. Tenía diez semanas para lograrlo. El tiempo suficiente para mi aliento fumador.
Dos días después, a las 5.30am sonó el despertador. Extendí el brazo, tiré el vaso con agua sobre el buró y apagué el tintintin incesante.
–¿Estamos todos locos? pensé. Nadie se levanta a esta hora a correr.
Al verme, Roberto abrió los ojos como platos:
–¿Así vas a ir?
Mmmm ¿Qué tenían de malo mis pants gris-pijama con resortito en los tobillos, la camiseta holgada rosa bebé y la “donita? en el pelo?
Al llegar obtuve la respuesta. El Sope reventaba de corredores fashion: niñas en perfectas mallas licrosas, tops dri-fit, bandanas ergonómicas y ipod nano en el brazo; ellos se movían en shorts holgados, t-shirts de la última carrera conquistada, Polar en la muñeca y tenis ultratechies. Eso parecía más un desfile de modas mañanero que un lugar para ejercitarse. Y yo, la elefantita de Disney a punto de ponerse de puntitas en la pista.
Ya en movimiento, el aire frío se me metió por la nariz. Después de 13 minutos exactos, escupía el pulmón, tenía la cara roja como un tomate y la cabeza a reventar. Ya por desfallecer, chequé la distancia: 2 kilómetros. Entré en pánico: los diez serían imposibles.
Pero como cada nueva adquisición merecía ser presumida en la pista, continúe el entrenamiento en riguroso desorden. Tres, dos, a veces una o ninguna a la semana en un proceso directamente proporcional a mis visitas a tiendas deportivas.
La noche antes de la carrera me comporté como un atleta: cené pasta, tomé todo el potasio que se me puso enfrente y un antigripal, recomendado por mi doctor en un secreto que me llevaré a la tumba.
Luego acomodé el outfit sobre la cama: camiseta amarilla, short negro XS que me quedaba cual prima hermana de Ninon Sevilla, calcetines que se secan solos, tenis conectados al ipod ultracargado con la música de impacto –Kpaz de la Sierra incluídos–, llaves de mi casa y un billete de 200 pesos. El futuro estaba a punto de decidirse.
Me presenté en la pista. Eran las 6am y llovía. Seguro me estaba volviendo loca. Ocupé una de las primeras filas con los corredores DOC que se empujaban para obtener el mejor lugar en la línea de salida. ¿Pero qué necesidad? Junto a mí Benny Ibarra, Celina, Barbara Mori y Chema Torre, muy tranquilos, calentaban y saludaban a las cámaras.
El disparo de salida sonó. Me pasaron por encima kenianos y chilangos dispuestos a romper sus propias marcas.
Al kilómetro 2 empecé a sentir los estragos del cigarro.
Por ahí del kilómetro 3 el sudor dejaba tremendas marcas en la camiseta mientras a mi lado Bárbara, divina, corría con lentes oscuros, moviendo las caderas como si fuera reaggeton.
-Bitch, pensé. Es perfecta hasta en estas condiciones.
“Pero te vas a arrepentir? sonaba en mis oídos cuando llegué al kilómetro 4.
A unos cuantos metros vi la entrada al puente de parque lira. Kilómetro 5. La gente en las banquetas aplaudía. Un dj agitaba el puño mientras mezclaba. Yo estaba a punto de tirar la toalla.
Más adelante estaban los centros de abastecimiento. Cual atleta en maratón decidí hacerlo con estilo. Me acerqué y me entregaron una bolsita con agua. Arranqué una esquinita con los dientes y sorbí desesperada. El agua entró en mi garganta de un chorro, escupí y comencé a toser. Esto no estaba siendo glamoroso.
En el kilómetro 7 las piernas empezaron a fallar. La rodilla rechinaba y las pantorrillas parecían estar en llamas.
-Eso, pensé. Este es el momento en que caigo desmayada y me despegarán como estampita del pavimento.
-¡Vamos vamos, campeona, tu puedes! gritaba Roberto mientras me rebasaba. Sonrió, me guiñó el ojo y siguió corriendo.
Apenas un kilómetro después se acabó toda mi buena voluntad.
-¡Al carajo la carrera, las metas y los logros!
Bajé el ritmo, abrí la boca y aspiré bocanadas de aire. ¿Pero qué nadie veía que me estaba muriendo?
A punto de desertar, la gente se arremolinaba a los lados de la pista. Cada vez se oían más aplausos. Alcé la vista y ví la Diana, la meta.
-¡Guey! estoy a punto de lograrlo.
Besos, manos, gritos. No faltaba más de un kilómetro.
Busqué desesperadamente en el ipod mi powersong. El espíritu popero no me abandonaría ahora..
“empiezo a caer, empiezo a entender que nada vale la pena sin miedo a perder…?
Ahí de frente estaba el reloj. Con dificultad logré distinguir.
1hr. 2min. 56seg… 57seg..
“espérame corazón.. no vueles que sigue siendo hoy..?
58 seg.. dos pasos más.
“para que un día nuestras promesas se hagan verdad todas bajo el sooool.?
59 seg… un paso.
1hr. 3min 0seg.
Alcé los brazos y grité fuerte. Ningún conocido respondió. Me faltó público, pero juro que llegué en un honroso lugar 13,191. Admitámoslo. Pude haber muerto en el intento.
Bridget Jo agradece a K-Paz de la Sierra el invaluable apoyo brindado para cumplir esta meta. Por lo pronto, como ya vio que sí pudo, está a punto de retar a Rulo a una carrerita de 15 (Km, no minutos).