O lo que es lo mismo, nuestro proceso de “reconstrucción” cada vez se pone más interesante.
Ultimamente, Bombón Bunny ha soltado un montón de verdades, suavecito y despacito pero implacable. Y yo, hasta con ojito remi se las agradezco. Sirve para iniciar otro proceso de mi-conmigo. Bien dirÃa Bombón, regreso a jugar con mis muñecas. Que dicho sea de paso, me dan buenos ratos de diversión.
Será por eso que decidà volver a ponerme los tenis. Y correr, correr, correr. En el proceso he tratado de arrastrar a una que otra. Porque se siente bien. Y porque en esto una no sabe si termina corriendo hacia una meta o de si misma.
O como el otro dÃa sentada en una butaca de un teatro que teatro no era, sino una tal Av. Q. Con un muppet que le faltaban sólo las orejitas para ser yo (del peluche ni hablamos). Tan parecida en los movimientos torpes como en estas incansables ganas de que “esta vez salga bien” y al mismo tiempo, boicoteando cualquier posibilidad de que eso suceda. Todo por la increÃble necedad de quererme tanto a mà misma, cancelando la posibilidad de querer a alguien más. AsÃ, nomás no sale.
Y será el sereno —o mi sensibilidad a flor de piel—, pero apenas 24 horas después estaba yo apretujada en una carpa de Santa Fe. Fuerza Bruta, nos dijeron. Junto a mÃ, un montón de cuerpos se apenaban ante la obligación de rozarnos, de invadir nuestros propios espacios. De pronto, desde arriba un grupito de artistas decidieron llevar mis emociones de un lado a otro. En pocas palabras me tenÃan hecha una idiota. CorrÃ. Grité. Me llovÃ. Escapé. Me estrellé contra un muro. Justo como en mi vida.

