Archivado en: Aventuras diarias
Allá voy: 
http://conejitadeindias.wordpress.com

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Bueno sí, me fui un rato. Pero juro que estaba jugando a la casita. Y casi.. casi nos salió bien.
Ahora, por puritita salud mental, me dedico a meter los recuerdos en cajitas y ponerlos en venta de garage. ¿Alguien quiere ocho años de ires y venires? Ya están envueltitos y listos para llevar.
Por supuesto, no crean que este asunto tiene fines de lucro: las ganancias irán directito al Fondo para los Caídos en Guerras del Corazón.
«A todo se acostumbra uno» diría mi abuela… «hasta a los malos tratos».
Eso pensé hace unos días. Cuando me dí cuenta de que estaba pagando facturas de los platos rotos… por otros.
«Es que quieres que te trate como una princesa…» me dijo impaciente el Conejito en un reclamo abierto. En ese momento justifiqué mis expectativas: «no, claro que no, estás exagerando, etc etc..» dije.

Luego lo pensé mejor.
Y sí. si quiero que me traten como una princesa. Única, especial, amorosamente. Por una simple y sencilla razón, porque estoy dispuesta —miren nada más— a dejar de besar sapos. Estoy dispuesta —cómo no— a apostarle a un reino que dure por los siglos de los siglos. Estoy dispuesta—en el intercambio— a tratarlo como el príncipe que he esperado toda mi vida…
Y no. No creo en los cuentos de hadas.
Por un lado, tengo el corazón lleno, rebozante, emocionado que no sé si enamorado… pero sobre todo temeroso. Pero eso que -visto el historial- debía ser mi principal ocupación, vaya caso… No lo es.
Estoy sentada en una banqueta, afuera de una sala de emergencias de un hospital.
Y esto es hoy lo único que importa.
Acertijo:
El Conejito que me gusta tanto no sabe que me gusta tanto… al Conejito que le gusto tanto no debería gustarle tanto… el Conejito que me gustaba tanto desde hace tanto tiempo, ahora ya no sé qué tanto me gusta. Y ahora ¿qué tanto tiempo necesita esta Conejita?
… que hace un metro diez
y no quiero más que que me abrace
y dormir con él.

Así decía El Mecano Mayor hace algunos años y así digo yo ahora… aunque vamos, el novio mío no pasa de los 7 centímetros y aletea que da gusto en su pecera nuevecita.
Llegó esta mañana, un poco muerto de miedo, escondiendo su rojo esplendor en una bolsita de plástico. Competía con otro más grande, exhuberante y atrevido que saltaba para hacerse notar. Como pasa con los buenos novios, él me vio de reojo, tímido y yo lo escogí de inmediato.
Por un momento, alguien pensó que llegaba con la fría intención de cubrir la ausencia que dejó Manolo, aquel buen pecesito de cabecera, cuando me vio ponerlo con la delicadeza que requiere (cual operación quirúrgica) en su gran pecera reluciente, de agua azul profundo y con cubitos de cristal tornasolado al fondo. Super chic.
En cuanto se apropió del espacio, abriendo con garbo las aletas y mandándome besos indiscretos supe que no era así. Éste es mi nuevo novio, se llama Vicente, mi pecesito enamorado y me mira en silencio desde el otro lado del cristal. Me está conociendo, parece que sonríe. Le cuento alguna que otra confidencia antes de meterme a la cama. Y no quiero más —diría el buen José Cano— que dormir con él.
Si tuvieramos que escoger una palabra para mi condición de estos días esa sería: Peligro.

¿Por qué? Porque sí. Porque tengo esa increíble capacidad de irme a meter a la boca del lobo. Porque ya lo sé, aunque nadie me lo diga. Y esta vez, no es nada más TV Bunny con la cita cada vez más cerca, ni del Conejito Jeepero que me asedia. Manda mensajes. Provoca. Y yo no quiero ni pensar en él. Porque me gusta, me mueve, sudo. ¡Demonios! Y sí, vamos lo admito. No me molesta ni tantito.
Pero si hablamos de peligro en serio, el peligro peligrosísimo no está en ninguno de esos dos. Está en otro lado. Es Mr. Rabbit, el Señor Conejo. Así, con todas las de la ley. Culto, propio, inteligentísimo, encantador… controlador hasta la pared de enfrente. Esas, todas, las cualidades que no, yo no debería estar notando en él.
Y mi Conejita Sabia Interior que no para de gritarme:
—Corre, Conejita, Corre. Aún estás a tiempo.
Y mi Conejita Sabia pero No tanto Interior, que se ríe muchísimo e insiste:
—Vas, Conejita , Vas. No pasa nada.
¿Será?
Ahora sí, estoy agotada. Y no, no es que me esté tirando al drama. Es que mis orejitas gachas ya no pueden ni con su alma. La pregunta obligada se asoma por mi cabecita: «¿Será la edad?».Obvio no. Seguramente es el cansancio, la mala organización, los horarios exhaustivos. Y eso ha hecho enojar a más de dos en la última semana. A más de dos, de esos que importan en la vida. De esos, que se habían mantenido estóicos a mi lado sin replicar mis despistes. Y yo con una culpa infinita, me sigo disculpando al teléfono, con mensajitos, por el Facebook, como sea.
Sí, sí, lo sé… Perdóname… No pude llegar… Se me olvidó… Se me juntó con otra cita… Te juro que no pasa… Seguro te veo la próxima semana… Te marco mañana… Prometido…
Y obvio, eso no pasa. No marco, no escribo, no llego, no cancelo. Soy un desastre total. Lo dicho: Yo no sería mi amiga.
La promesa de reducirme más de 50 centímetros en todo el cuerpo era motivo suficiente para exponerme a cualquier invento. Costara lo que costara.
—¿Prontobella? —me dijeron al otro lado de la línea.
Les dije lo que han de oír de muchas mujeres. A todo me dijeron que sí. Las mujeres a veces creemos todo.
Un hilito de envidia me recorrió en cuanto me recibió Gabriela, la argentina dueña del lugar. Rubia, alaciado perfecto, jeans entallados, tacones de vértigo y buen cutis. La edad era lo de menos. La garantía de sus servicios estaba en la talla de sus jeans que seguro eran de la mitad que los míos. (No hay nada peor que ir con una nutrióloga gorda.)
Después de explicarme el tratamiento detallito tras detallito, tocamos de manera muy superficial aquellito del precio. Finalmente esas eran minucias.
—¿Tienes dos horas para aplicar la primera sesión?
La posibilidad de tener 10 centímetros menos para mi date de esa misma noche era una oferta que no podía rechazar.
Pasé a un vestidor de madera wenge. El aroma en el aire era fresco. Me puse una suave bata de baño de nido de abeja y unas pantuflas. Por fortuna —o quizá terriblemente bien planeado— no había espejos alrededor. Varias señoritas todas ellas muy delgadas en su batita azul, revoloteaban a mi alrededor ofreciéndome un te y preocupadas por mi bienestar.
Pasé a la primera cabina donde de inmediato me pidieron desnudarme y ponerme sobre una camita de masaje. Eso no es sexy: el hecho de compartir el genero no implica que quiera que vean mi piel de pollo, las venitas azules y las marquitas de celulitis bajo la luz blanca. Cerré los ojos. La música new age y el masaje shatsu me relajó. Casí caí dormida. No sabía cuanto iba a costar esto pero volarle dos horas al dia empezaba a tomar sentido.
Estaba yo en actitud casi de meditación cuando apareció la niña de la batita con tremendo cepillo de cerdas naturales. Tomó una de mis piernas y empezó a pasarme el cepillo con firmeza de arriba a abajo. No sabía si reír o llorar. Me sentí un auténtico pura sangre.
Con la piel cosquillosa por el cepillado, llegó el momento de la medición. Fue anotando la circunferencia —muy distinta a lo que yo pensaba— de mis brazos, piernas, tobillos, caderas. A cada número que veía en el papelito renegaba muchísimo de los chilaquiles del desayuno.
Unos minutos después apareció con una cubeta humeante e inició el vendaje cual auténtica momia egipcia. Me rodeó desde el tobillo, presionando para moldearme el cuerpo. Con sus brazos delgaditos hacía tremendo esfuerzo. Se puso roja, gotitas de sudor le perlaban la frente mientras intentaba meter mis carnes entre venda y venda. Le siguió el traje térmico o lo que es lo mismo uno de esos pants enormes de plástico que usan las señoras gordas para correr. Meterse ahí fue una aventura sin poder doblar los codos y las rodillas. Caminando cual robot pasamos a la siguiente sala. En medio de la habitación estaba ella: la maquina del deseo. Una especie de cápsula espacial que se abrió misteriosamente al presionar un botón.
Ahí dentro estaba la realización de todos mis sueños. Entré como Dios me dio a entender. Se cerró la cubierta dejando solo mi cabeza y cuello fuera. Una pantallita frente a mis ojos pasaba imágenes relajantes: bosques, oleajes, delfines, ese tipo de cosas.
—Con 30 minutos es suficiente —dijo—. Relájate.
Bajó la luz y el interior del aparato comenzó a vibrar —para estimular los riñones y la depuración de toxinas, dijeron— y a emanar vapor. Estaba, literal, en una olla de tamales y envuelta como uno oaxaqueño. Mientras sentía el sudor escurrirme por ¡todos! los rincones, supuse que modelos, actrices y socialités se sometían a estas experiencias con tal de obtener un cuerpo de campeonato. Y no estaban tan quejumbrositas y con sentimientos de culpa como yo. Pasados 15 minutos aquello empezaba a complicarse. Contaba los minutos en la pantallita… 13… 11… 9… El calor era tremendo y yo sentía que me derretía. 7… 5… 3…
«No, no —pensé—, estar aquí metida envuelta en plásticos, vendas y menjurjes no me hace menos inteligente.»
Al salir, el frío me erizó la piel. Como en un ritual sagrado, me retiraron las vendas. La expectativa crecía. Esperaba verme con un cuerpo nuevo. Tomó la cinta métrica. Tuve miedo.
98… 69… a cada cuadrito rellenaba con un numero nuevo. Consistentemente menor que el anterior. Uno aquí.. dos allá… casi cuatro aquí…. En total 16.. ¡16 centímetros menos en todo el cuerpo! El milagro había sucedido. Salí caminando como una princesa. Era yo una amazona, una cazadora y mi date podía darse por vencido. Mis centímetros menos me convertían en la reina. Firmé por esos centímetros menos, con tarjetaza a doce meses sin intereses. No quise saber si los recuperaría al tomar el primer vaso con agua.
Bridget Jo nos jura que esto no fue un infomercial, aunque ha tomado una actitud de presentadora del nuevo método milagroso para bajar de peso que a veces en la redacción buscamos el control remoto a ver si cambia de canal.
Estaba yo formadita en la linea cuando le ví la nuca. Bueno, no alcancé a verla porque llevaba al cuello un foulard. una bufandita veraniega. un trapito chairo-cool vamos. El pelo corto cortito, la bufandita, la camisa, los jeans…
—Tiene onda. Murmuré casi como un veredicto.
—¿Cómo vas? sonó en el aire. Quité la vista de su trasero y subí la cabeza sorprendida. Era él que me miraba y, casi seguro de mi insistencia en revisarlo centímetro a centímetro, esperaba mi reacción con una gran sonrisa.
—Ehhh, Mmmm… —Dijé con un tono tan idiota como el de Thalía y Erick en aquello de “yo no sé si es amor”— Bien.
El Conejito 2T estaba a mi lado y quería platicar. Después de días de encuentros casuales, de merodear poco a poco en sus alrededores, estaba él iniciando la conversación. Puse una gran sonria. El proceso, será lento. Lo sé. Pero ya mordió el primer anzuelo.