Se eu quiser falar com Deus (playlist: Cesar Camargo & Pedro Mariano)
Tendría que estar tonta, loca o mariguana para no creer que algo bueno está por pasar. Y es que, desde aquí, sentadita con los pies metidos en la arena, escuchando el reventar de las olas y con la piel llena de sal, el mundo parece más bueno, más grande y más amable de lo que solía pensar.
Si la llamamos por nombre, ésta sería una playa cualquiera… es más, hasta banal, común, frívola… pero estando aquí, es la playa más silenciosa jamás vista. una lengua larga de arena sin huellas y nadie, nadie en los alrededores (buenas nuevas para mi celibato recién estrenado). el sol pega derechito sobre el agua convertida en espuma. y el tiempo le sale sobrando a los nativos (en cambio esta Coneja que llegó ayer, tiene que mirar el reloj para partir mañana).
Y yo, como dirían mis nuevos amigos Pedro y Cesar, estoy dispuesta a andar el camino que al final no me va a dar nada, nada de lo que yo pensaba encontrar.
NUM PAÍS TROPICAL (Playlist: Jorge Ben)
Ok bueno, no es Brasil, pero tras los fríos aquellos, a ésto sólo le falta el Carnaval.
El regreso no fue fácil pero sí reconfortante. Ésta Conejita viene más cargada que nunca de maletas, ropita nueva y energía desbordantes. Tengo tantas tantas cosas por hacer que voy apuntando en mil papelitos por ahí para no olvidarlo.
Primer punto: soy feliz. inmensamente feliz de haberme ido y reencontrado con aquella mini-conejita de orejitas temblorosas. Y no que hoy las orejas nos tiemblen menos, lo cierto es que por lo menos están más grandes, peludas y entrenadas para esquivar los trancazos de la vida. Regresé convencida de que vivir hartos años en rumbos europeos me enseñó a vivir bien. A gozarme la vida. A preferir calidad a cantidad. A hacerme de pocos pero buenos amigos… y a cada que me agarre la tristeza, tomar una maleta, subirme a un avión y llorar copiosamente mientras miro mi reflejo en la ventanilla.
El segundo punto (y aquí oigo llegar las carcajadas) es mi firme apuesta al celibato —nubilato, vamos—. Y antes de que terminen de desternillarse de risa, les juro que voy por buen camino. Nada de empiernamientos por ahora (y hasta la llegada de la primavera). Y no es que no me gusten, joder. Es que tengo ganas, muchas ganas de meterme a la cama con alguien que no saldrá corriendo en la madrugada. Quiero un empiernamiento que dure hasta la mañana siguiente… y la que sigue y la que sigue de preferencia. Quiero saber qué se siente eso de comerse a besos y quedarse un poco con las ganas.
El tercero incluye mi nueva buena disposición por refinarme el oído —y las orejitas de paso—. Eso incluye un nuevo idioma, una nueva música, más melodías, voces de otros extremos de la tierra y si se puede, hasta unos pasitos de samba. Estamos, si chiquillos, con ánimos exóticos.
El cuarto, va de libros. Y un grupo de buenos pocos lectores que se animen a participar. Eso que otros llaman Club de Lectura. Tardecitas de domingo, una vez al mes, para hablar de letras e intenciones del que escribe. Un pretexto nomás, para oir a otros hablar de lo mismo pero diferente.
El quinto y último —y este es un secretito— ha sido mi último agradable descubrimiento: Beatiful Bunny. Que me dio una de las cenas más divertidas de mi vida. Que va de música, de letras y de dates fallidos como una Conejita servidora. Que habla tanto como yo y se le va el santo al cielo aún más seguido. Que se nos escurrió la noche en un ratito e hizo que esta mañana despertara con una sonrisa en la boca.
Ilustraciones: Arthur de Pins
Día 5: SOMBRA AQUÍ Y SOMBRA ALLÁ… MAQUÍLLATE, MAQUÍLLATE (Playlist: Mecano)
Abrí los ojos tardísimo. Salté de la cama y como una desesperada llegué al famoso Bread&Butter. O lo que es lo mismo, la feriecilla que me tiene en esta ciudad. Confirmado: es un gran evento. Por la noche, después de horas caminando por pabellones de colores, modelos flaquísimas a las cuales les llego al ombligo y repartir tarjetas de presentación como volantes de feria, tomo el taxi de regreso al hotel. También tras haber olido el mar de invierno, pasado abajito de la Sagrada Familia y confirmado que en esta ciudad las calles son bonitas bonitas.
Abro la puerta y me encuentro con lo que soy hoy: estoy rodeada de revistas de moda-tendencias, ropita con la etiqueta aún colgada, zapatos sin pisar y una computadora. Así, supongo, soñé alguna vez —tiempo después de colgar el famoso chalequito de bolsitas— que sería mi vida. Consumiendo información casi desesperadamente. Almacenando novedades que manitienen al mundo en movimiento de manera vertiginosa. Con estas ganas infinitas de comermelo a grandes mordidas. Armando piezas para un canal de televisión, reportajes para alguna revista, crónicas para una estación de radio. Creyendo que al resto del planeta le interesan estas tremendas bobadas que convocan a un ejército de personas vestidas “raro” en un sólo lugar en sólo tres días.
Casi como lo haría el futbol… o las olimpiadas… o los jubileos… o el fin de año en nueva york… con un pretexto inútil que justifica estar aquí, aunque no estar tampoco le importe a nadie.
Dia 4: ARRIVEDERCI ROMA (Playlist: Nat King Cole)
Tomé el avión casi sin aliento. No sería de extrañarse que lo hubiera perdido, pero por unos minutos, lo logré.
Una vez sentada en el 31A, empujando la maleta con los pies bajo el asiento y abrochándome el cinturón, suspiré profundo.
Joder. Una vez más no me despedí, pensé.
Recordé su última mirada, unas cuantas horas antes, acompañada de esa sonrisa de ladito mientras se acomodaba el casco y cómo lanzó un beso ligerito.
—Faccio presto, dijo.
O lo que es lo mismo, “no me tardo”, “regreso”, “espérame”, “volveré”…. o cualquier interpretación prometedora que una le quiera dar.
Sonreí y respondí con un beso igual de ligerito… flotante… volador. Sabía que no iba a regresar a tiempo para llevarme al aeropuerto, despedirse, darme un abrazo y cerrar la historia. No lo había hecho antes, no lo haría ahora. Creo que ni siquiera sabe cómo hacerlo. Ja. (Esta Conejita de promesas se las sabe todas. Y de etcéteras. Y de shalalas). La única diferencia es que esta vez no se me derramó ni una lagrimita, ni me crujió el corazón, ni se me apachurraron las mariposas en el estómago. Sólo sentí tremendo alivio.
Tomé la maleta y eché a correr hacia el aeropuerto. Era hora de irme del pasado. Una vez a bordo, abroché el cinturón de seguridad y me dispuse a vivir el presente. Aunque, siendo sincera, ese tampoco sé a ciencia cierta, dónde está. Ja.
Día 3: ROMA NON FÁ LA STUPIDA STASERA (Playlist:)
Demasiada intensidad en un sólo día. Necesito tiempo para digerirlo.
Ya les contaré.
Dia 2: Paseando por Roma (Playlist: Soda Stereo)
…Es extraña esta ciudad
O yo estoy fuera de escala
He cambiado, pero aún mi corazón
Permanece intacto, tan intacto como ayer
Y bueno sí. Una sale del aeropuerto y pisa una ciudad mojada. El frío es ese que pega en las mejillas como miles de alfilercitos, el viento se mete entre la bufanda y el cuello y una —por más años que haya pasado por acá— nunca termina de prepararse para el invierno.
En el coche me esperaba un viejo amigo. No hubo necesidad de decir cuál era la primera parada: un típico bar, delante al mar, con capuccino y cornetto en la barra. Horas después estabamos en su casa, una de esas casas de viajero: comiendo porchetta en medio de tapetes orientales, ushankas soviéticos, pinturas regateadas en un mercado cubano, cuchillos africanos y un típico shalwar kameez paquistaní.
Había vuelto a mi pasado. A esos amigos que no se detienen un minuto. Que van de un lado al otro con una cámara en el hombro. Persiguiendo quiénsabequé. Sin punto fijo, con referencias de un mundo redondo redondo pero sin un hogar cuadradito. Esa vida que me imaginé, un día sería la mía.
Y hoy, tras frases y frases describiéndome, creo que no me parezco en nada a la chiquilla que corría detrás de un cable con un chaleco de bolsitas. Pero aún me falta tiempo para saber si a la hora de las cuentas, todavía salgo debiendo.
Son
Dia 1: HAY ALGUNOS QUE DICEN QUE TODOS LOS CAMINOS CONDUCEN A ROMA (Playlist: Eduardo Auté)
Será el sereno, pero una vez más estoy viendome reflejada en una ventanilla rectangular de orillas redondeadas. Todo mundo duerme a mi alrededor y yo, para variar, voy derramando tremendos lagrimones que brillan con el reflejo de la computadora.
No es novedad. Los aviones siempre han definido gran parte de mi vida. Los amo tanto como a los aeropuertos. Mientras camino por sus pasillos llenos de gente con prisa, asumo que ellos como yo están a punto de cambiar su vida, aunque no lo sepan. Amo tanto como viajar sola. Sin nadie que interrumpa esta sensación de estar tomando grandes decisiones. Amo estos viajes definitorios como aquel Houston-Mexico donde oí claritito como se me rompió el corazón apenas tomamos altura o aquel más viejo aún que me regresó de Paquistán a Roma con el corazón hinchado de ingenuo amor amoroso, como el que me llevó a Cuba a reencontrar un viejo amor cuando ya tenía uno nuevecito en la cartera o aquel que me revolvió el estómago de vuelta de Puerto Escondido.
Será el sereno, pero una vez más estoy trepada en un avión, cruzando el océano con destino –para mí- conocidísimo: Roma. La misma de siempre y de nunca.
Obvio no tengo idea cómo llegó la decisión. Como suele sucederme, fue una de esas tomadas en los últimos 7 días. Lunes, martes y miércoles llamé a la agencia de viaje, hasta un poco temblorosa. El boleto seguía reservado y yo dandome largas para pagarlo. El jueves no lo pensé más. Dí el numero largo largo de mi bonita American Express que , digo yo, para eso está en mi cartera reluciente y plateada.
Total que para el viernes a las 10 de la noche yo seguia dando vueltas alrededor de una maleta. A las 4 de la mañana tomé el teléfono y marqué esos números de siempre. Del otro lado oí una voz conocida.
—Llego el domingo a las 8 de la mañana, dije y contuve el aliento.
Sonó una risa clara, transparente, casi tintineante.
—Ti aspetto, dijo.
Esta conejita que jura tener todo bajo control, a veces, necesita regresar a su pasado. A meterse en unos viejos brazos conocidos. Para saber si el rumbo escogido —hace 7 años ya— fue el correcto.
CONEJITA ON ICE
El lunes después de la inauguración de la pista de hielo —a primera hora de la mañana— estaba ya con el teléfono en mano. ¿Quieres venir a patinar? dije.
Mi primera opción fue el Conejito PR para acompañarme en la aventura. Alto, guapo, cosmopolita y cool: era la mejor opción para deslizarse a mi lado, sobre la superficie helada, rodeados de vapor de agua. Casi como en un cuento de hadas.
—No puedo, princesa. Tengo que trabajar. Me hubiera encantado porque soy campeón de hockey sobre hielo.
Menos mal, pensé. A mi nadie —ni siquiera el galán en cuestión— me iba a opacar en la aventura. Ante la negativa decidí llamar a las conejitas del resto de mi agenda telefónica. La respuesta fue entusiasta: la Conejita Intrépida no lo dudó ni un segundo y aceptó.

Obvio, antes había que superar un obstáculo crucial: el outfit adecuado. Aunque mis mallitas y tutú era gran opción, tuve que declinar por cuello de tortuga de cashmere, pantalones cargo y chamarrita negra, ultra deportivos, tecnología dri-fit, bufandón al cuello y grandes lentes oscuros. Estaba lista para el Gran Slam, aunque sólo fuera a la plancha del Zócalo de la ciudad.
Ante la primera gran fila, aplicamos la sonrisa conquistadora. Al igual que yo, otras 1,423 personas más, pensaron que nadie patinaría en la mañana de un día laboral
—Poli… ¿es por aquííííí? dijimos mientras pestañeábamos lánguidas.
—No, señoritas –contestó- la cola empieza allá. Mientras señalaba un punto en el horizonte lejanísimo.
Al ver nuestros ojos tipo gatito de Shrek abrió un espacio y nos coló en la ventanilla para recibir las pulseritas verdes de acceso. A las 12 en punto teníamos que estar en la puerta de entrada a la pista. Con una nueva estrategia de Conejitas tontas-tontas nos instalamos listas-listas a mitad de la fila. Obtuvimos nuestros patines nuevecitos. Casi flamantes. Y nos aventuramos hacia la entrada.
Me paré en la puerta de acceso. Ahí de frente estaba “luminosa y bella” una enorme pista de hielo. Casi infinita. Yo, a este punto, recordé que no sé patinar en hielo. La Conejita Intrépida se deslizo sobre la pista. Un metro adelante me hacía señas. Los instructores me animaban y detrás una fila infinita de impacientes “patinadores” me apresuraban.
Puse la primera lama de hierro sobre la pista, con una mano me aferré a la barrera y con la otra apretujé el brazo del instructor, clavándole las uñas en los bíceps. Puse la segunda lama sobre el hielo y sentí mis pies resbalarse sin control. Demonios. ¿Éste era el deporte invernal por excelencia?
Ante mi ignorancia, los cientos de instructores, los polis en patines y hasta los paramédicos on ice se desvivieron en indicaciones: inclina el tórax, flexiona las rodillas, estabiliza el peso, cambia tu centro de gravedad, utiliza los hombros como volante, cierra los puños, frena con la lama, no te agarres de nadie. ¡Joder!
Con una gran habilidad —como si hubiera formado parte del elenco de Los Pájaros Patinadores—, empecé a deslizarme por la pista. Volteé a todos lados. Nadie a mi alrededor era un experto patinador. Es más, todos reían mientras caían como pinos de boliche. Yo también reí. Por primera vez, esta conejita no era la única de movimientos disconexos.
En la pista parecía que se llevaba a cabo un desfile de modas sui generis: mientras por un lado patinaba un punketo con mohicana, por otro hacían piruetas algunas loquitas patinadoras, no faltaba uno con abrigo y peluche en el cuello en contraste al chavito en bermudas. Decenas de escolares, de faldita tableada, disfrutaban de “la pinta” al igual que el oficinista en traje y corbata. Esto es lo que yo llamo, un deporte incluyente.
El resto de la hora se convirtió en una carrera de obstáculos. El objetivo no era no caerse, sino lograr que no te tiraran. Me dediqué a esquivar con la gracia de una hipopotamita de disney a todos los que iban rebotando sin cesar. Y a mi paso veloz, obvio, varios resultaron lesionados.
La música sonaba: Christina Aguilera seguida de un “Bella, bella, velludita” le ponía saborcito a la experiencia. En las gradas el público saludaba. Me sentí campeona olímpica. Tomé de la mano a La Conejita Intrépida, nos detuvimos al centro de la pista, agitamos un brazo por encima de nuestras cabezas y sonreímos a los espectadores. Sólo faltaban las rosas cayendo.
Después de 45 minutos, en pleno medio día, el calor era infernal. El hielo parecía derretirse, la pista estaba mojadísima y mi bufanda, cuello de tortuga y chamarrita no habían sido la mejor opción. Parecía tamal en olla: estaba empezando a vaporizar. Por si fuera poco, los patines, durísimos, me torturaban los pies.
Decidí que era momento de terminar la experiencia. Patiné triunfal hacia la salida mientras sonreía a los cientos de espectadores. El saldo era blanco: mi colita de peluche había logrado salir seca, sana y salva sin tocar el hielo. Ahora sí, podría repetir con el Conejito PR experto patinador en hielo.