Siempre dije que la única razón por la que deseaba un novio desesperadamente era para compartir con alguien el duro trance de regresar del supermercado y subir las bolsas de la despensa a un bonito segundo piso.. y sin elevador. Todo esto, lo pensaba quincena a quincena hasta que descubrà el servicio por internet de Superama. Mismo que por 30 pesos, hace que un señorcito, que no me da besos ni me miente ni traiciona, suba las bolsas y las deposite en la puerta de mi casa.
Tras el descubrimiento, me dije: «Bridget estás del otro lado y eres una verdadera mujer autosuficiente». Hasta esta noche.
En punto de las 11.38, con el Sr. Lopez Dóriga hablando en una tele y la repetición de Destilando Amor en la otra, la computadora prendida sobre la cama y unas cuantas lamparitas iluminando mi dulce hogar, decidà que.. ¿por qué no?.. era hora de poner a funcionar la lavadora para amanecer con ropita limpia y perfumada.
No tarde en prender una luz más, acomodar las sabanas, abrir el agua, depositar un montón de detergente libre de nosécuantas cosas pero con varios agregados más para suavizar, estirar, florear y pulir las enormes prendas. Todo al ritmo de Miguel Papito Bosé que ultimamente me tiene tan buena compañia. Tras el baile y canto de rigor, iba yo de regreso a la cama, de puntitas, descalza y en camiseta y calzoncitos cuando… ¡Pum! tronó.
Me quedé petrifiada en el pasillo. El silencio y la oscuridad me rodearon.
—Mmmm… no. Seguro esto no me está pasando sólo a mÃ, pensé. Debe ser problema de todo el edificio.
Saqué la cabeza por la ventana y descubrà lo inevitable: lucecitas amarillas y reflejos azules de televisión en las ventanas vecinas. Me detuve y tanteé el switch ese donde en una casa normal se “bota”, uno le sube y santo remedio. Ah no! yo no tengo una casa normal. Subà y baje los cositos esos y nada.
Ok. Era momento de pasar a la acción. Y como la media noche no es el mejor momento para salir en calzoncitos a buscar las cajas de luz, encendà el celular y busqué un pantalón decente de pijama. Una vez logrado el objetivo, corrà descalza al edificio contiguo a buscar las cajitas en cuestión.
Algo no me estaba funcionando : la reja del edificio contiguo estaba perfectamente bien cerrada. Y, como broma del destino, comenzaron a caer algunas gotas. Uf! Me arme de valor y toque el timbre 8A… 4o piso. Alguién seguro estaba dispuesto a ayudar a una Conejita en aprietos. Un hombre bigotón, adormilado y malhumorado me hizo explicarle la situación a grito pelado. Me miró como a una loca desde cuatro pisos arriba y se retiró de la ventana en silencio.
—¿Y bien? pensé.
Ahà estaba yo descalcita, bajo la lluvia y en pijama mirando a lo alto de un edificio. Casi 13 minutos después volvió a aparecer. Sin decir nada me lanzó una llave.
—¡Asunto resuelto! supuse.
Entré y me topé entre la oscuridad con 30 cajitas distintas más 30 contadores y sin ningún número que los identificara. ¿Cómo demonios debÃa saber cuál era mi cajita? Después de casi 6 minutos de resolver la cuestión de manera algebráica, localicé al enemigo. Miré la cajita gris con pánico y me acerque. Decidà proceder con firmeza. Uno, baja la palanca. Dos, abre la puertecilla…. iiiii, rechinó. Como en pelÃcula del terror. Tres, acerca el celular y descubre lo que hay en su interior. Cuatro, abrà los ojos como platos: cablecillos, fierros y dos objetos cilÃndricos incrustrados. Esos, supuse, serÃan los fusibles. Entonces lo supe: esto de la luz y los cables a algunos les viene registrado en el DNA, es una especie de información genética que a mà no me pusieron.
Me tardé otros 15 minutos en sacar los famosos fusibles y darles vuelta entre mis manos preguntándome ¿qué demonios debÃa hacer con ellos? mientras llovÃa y se me mojaban los pies. Regresé a casa y me decidà a buscar un “repuesto”. Con el celular en la mano, busqué dentro de mi impecable “caja de herramientas”. Clavos, un martillo, dos desatornilladores, un taladro todavÃa en su caja, cuatro botones, unas llaves de diossabedónde y dos pilas viejas. Mmmm, no. No habÃa fusibles.
En esas estaba, cuando la lucecilla del teléfono se apagó. Perfecto, pensé. Ahora me quedé sin pila en el celular. En ese momento se despertaron mis pensamientos más oscuros. La cosa era simple. Sólo debÃa robar —intercambiar, quiero decir— el fusible de algún vecino.
Una vez decidido el atraco, me lancé otra vez a la calle bajo la lluvia y empezó la carrera contra el tiempo. Corrà a buscar los departamentos vacÃos. Conté las ventanas. Lo encontré. Deduje el número de depa: 8C. Regresé. Conté las cajitas. 2B… 3A… 7C… exacto 8C! Bajé sigilosamente la palanca. Abrà la tapita y ¡vaya sorpresa! no habÃa fusibles. Continué con el intento hasta que descubrà el truco: los departamentos vacÃos no tienen fusibles!!
Ya ahà y bajo el agua, supe que debÃa pasar a acciones más firmes: robar el fusible de algún departamento habitado. Volvà a la carrera, conté las ventanas. Revisé que estuvieran dormidos. Bajé la palanca y ¡bingo! me encontré con dos bonitos y relucientes fusibles. Con toda la velocidad que el caso amerita, tomé el fusible y tiré. Nada. Lo volvà a intentar, ésta vez un poco más fuerte. Hmmm. Nada. Cada vez lo hacÃa con más fuerza. Apoyé un pie en la pared, la otra mano en el barandal y jalé con fuerza. En ese momento, mi dedo meñique toco la parte superior mientras con el otro mantenÃa la parte inferior. PSSSTTTSSS!!! Un toque electrico me recorrió dedo, palma, muñeca, brazo y codo.
—¡AAAAAhhh! grité. Y me quedé paralizada. El susto hacÃa que el corazón casi se me saliera por la boca. Decidà regresar a casa con la misión incumplida y llamar a mi mamá. Ella siempre tiene la respuesta correcta.
Una vez dentro, me di cuenta de otra desastrosa sorpresa. Estaba en una casa unplugged. Mi sofisticada manera de vivir le incluye lo que viene siendo sólo y nada más teléfonos inalámbricos. Obvio, ¿cómo para que me servirÃa a mi uno de esos viejos aparatos telefónicos de Telmex? habÃa dicho alguna vez. Y asà pensé al adquirir radio-reloj-despertador con led rojos que brillan en la oscuridad y por supuesto, compu con conexión inalámbrica a internet. ¡Joder, no habrÃa poder humano que me despertara a la mañana siguiente a las 6!
Ya sin aliento, me metà a la cama, toda mojada y con los pies sucios. Cerré los ojos. Y pensé ¿por qué en el bonito openhouse me llenaron de cubiertos y tuppers y no de bisuteria electrica? ¿por qué a nadie se le ocurrio entregarme un manual básico para cambiar un rejodido fusible? ¿o por qué nadie pensó en regalarme una caja de 45 fusibles listos para usarse? ¿o ya de perdida el instructivo de cómo pasar una noche sin luz? … o ya en estas, la guÃa básica para conseguir un novio que me salve de esta oscuridad.


