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Recorrer la ciudad de noche no debÃa ser muy distinto a los maratones antreros a los que La Conejita está acostumbrada. ¿Pero en bicicleta?
Ya habÃa escuchado de unos tales “bicitekasâ€? que se aventuraban por la Ciudad en recorridos nocturnos para impulsar la cultura de la bici. La cita me la dio Agus el miércoles a las nueve de la noche en el Parque México. Llegué vestida como para el tour de Francia: mallitas con relleno en el trasero, chaleco sofisticadÃsimo con cintas reflejantes y foquitos, paliacate al cuello, guantes y casco aerodinámico. No, no. Nada de este atuendo me hacÃa ver sexy.
Y el tal Agus resultó ser un hombre alto, fornido, de voz profunda y mirada interesante. «¡Cielos! —pensé— no parece un freakie ecológico.»
Estaba a punto de lanzarle mi mirada numero tres cuando apareció su bonita acompañante en bici y recordé que yo, por mi parte, llevaba al mÃo.
Tras las presentaciones, sugirió una vuelta al parque «para estar seguros». ¿Seguros? ¿De qué? ¡Todo mundo en el mundo-mundial sabe andar en bicicleta!
Una vez trepada en el armatoste supe a lo que se referÃa. Mi memoria remota me llevó a mis tiernos 12 años, cuando usé por última vez el velocÃpedo. Con las manos aferradas al volante, me pregunté cómo diablos iba a despegar el pie del piso sin irme irremediablemente de lado. El guapo, su guapa y mi guapo (digámoslo) esperaban mi arranque mientras yo calculaba cuál era el primer movimiento por hacer. Me impulsé, el pedal se movió, las llantas giraron. El volante se tambaleó entre mis manos. La velocidad hizo que mantuviera el equilibrio y avancé por la banqueta de Michoacán. ¡A fuerzas!
Tras la prueba, inició el recorrido mortal entre los automovilistas. Monterrey no fue cosa fácil, Florencia un poco menos y al ver Reforma, renuncié. Bajé de la bici, la tomé por el volante y corrà hasta el pastito.
Sana y salva me encontré con decenas de bicitekas que nos esperaban en las escalinatas del Ã?ngel: el señorcito con bicicleta de entregas a domicilio con todo y huacal, la viejita armadÃsima con casco de motociclista, el aclamado precursor del “movimientoâ€? en tandem con bonita extranjera detrás, la chica con cursilón french poodle en canastilla, el papá deportista con hijo preadolescente…
Ya en banda, me sentà menos insegura. Unos delante, armados de radio, se hablaban con los de atrás y nos gritaban desaforadamente: «¡Manténganse a la derecha!»
Yo muy obediente, tenÃa cuidado de no rozar las llantas de los otros, trataba de mantener una conversación con el galán en turno y me preguntaba para qué diablos servÃan los cambios de velocidad.
Dos vueltas a la plancha iluminada del Zócalo y seguimos por las calles de atrás: armazones de puestos ambulantes, comerciantes recogiendo mercancÃa, basura en las esquinas, señoras sonrientes que nos saludaban. No sé cómo, fuimos a dar a Congreso de la Unión, luego Las Torres y hasta la colonia Marte. Mi reflejo en las ventanas de una casa reveló un trasero con relleno más parecido al de un payasito de crucero que al de J.Lo.
Mientras Agus me explicaba el sentido de todas estas iniciativas por una ciudad humanizada donde los autos no son más importantes que las personas, un coche pasó a toda velocidad y nos lanzó un vaso con contenido indescifrable. Me salpico la pantorrilla.
—Chale, ya entendÃ.
Saqué fuerzas de no sé donde y llegué hasta el túnel bajo el Viaducto. Si la bajada no se veÃa fácil, menos la subida. Entonces recordé a mi amigo, editor de famosa revista encuera-mujeres:
—Haz spinning y un dÃa te saco en portada y sin necesidad de photoshopeo.
Pedaleé con fuerza y supe que esto no sólo estaba poniendo en forma mi conciencia social, sino también mi trasero.
A las 11:45 todos hicieron alto y yo debà haber hecho lo mismo. Frené con las manos, pero los pies quedaron dentro de los amarres. La bicicleta se tambaleó a la derecha. Abrà la boca. Los ojos como platos.
—Ah, ah, ¡Aaaah!
Tras el estruendo, todos voltearon. Ahà estaba la conejita en horizontal, con las manitas en el volante y los piecitos bien metidos en los pedales.
—No pasó nada —las mejillas se me enrojecÃan de la vergüenza—. Todo bajo control —hice puchero y abracé a mi acompañante.
Y seguimos la travesÃa: División del Norte, colonia Modelo, Narvarte, Del Valle… La siguiente hazaña: cruzar Churubusco. Dos ciclistas expertos se pararon a la mitad de la vÃa rápida, abrieron los brazos haciendo ruido con silbatos y matracas. Los automovilistas se detuvieron sorprendidos. El paso lo habÃan ganado los bicitekas.
Al filo de la una de la madrugada, mientras todos se dirigÃan a Coyoacan a cenar tacos, le pedà a mi acompañante que me llevara a casa. Por hoy, la función social de la conejita habÃa terminado.
Con el trasero adolorido, las piernas entumidas y la pantorrilla raspada, Bridget Jo se sintió heroÃna de las causa perdidas y sin miedo a ser asaltada en la primera esquina.

